Llegó, pudo coger el último tranvía desde la Colonia de Ciudad Lineal —trabajaba en un hotelito de una familia de postín— hasta las Ventas del Espíritu San. Ya serena, en su asiento pensó que pronto vería a Manuel y Luisito mientras observaba sus manos ajadas, parcialmente cubiertas por sus grises mitones. El crudo invierno no perdonaba y se cebaba en ella en forma de sabañones. Se maldecía por no poder juntar ni cuatro perras para poder comprar más carbón. El trabajo en el hotelito le permitía, al menos, hacer una comida decente al día y llevarle de cuando en cuando a Luisito algún pastel maltrecho que no habían querido sus señores; una vez le llevó un bollito de crema de El Riojano que —según dijo su señora— le recordaba a los Felipes de Fornos y alguna de las visitas de la casa lo había desechado tras mordisquearlo. ¡Aún recordaba la cara del niño ante tamaña y almibarada visión!


Proyecto de corte transversal de la calle pral. de Ciudad Lineal. Fuente: Foto de la autora


Planchando el periódico de los señores lo había podido leer mal, lo que vendría a ser llamado después el desastre de Annual. Allí estaba su querido Manuel. Se maldecía por no haber podido juntar ni cuatro perras para librarle de ir a esa tierra mora. El traqueteo del tranvía hacía brotar sus pensamientos abruptos, su profunda ensoñación. Supongo que Luisito estará ya dormido, pensaba.

Nada. Nadie le esperaba en casa, ni su prometido ni el hijo no nacido.

Una vida, un mundo imaginado, que le permitía levantarse cada mañana y coger ese tranvía. Un tranvía sin fin, un tranvía sin destino.


Laura López Covacho

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