Admirada Srta Trancis:

Me dirijo a usted en este espacio tan bien llamado “diván” del Reina para exponerle mi caso: Me ha tocado trabajar en diversas ocasiones en una sala que me trae por el camino de la amargura. La sala en concreto es la número 5 de la célebre exposición de Maruja Mallo. Todos los vigilantes sabrán a qué sala me estoy refiriendo. Sí, es esa sala en la que se muestran los elementos escenográficos que realizó Mallo y cuyas reproducciones están expuestas en una gran mesa rectangular. Para evitar la tentación de tocar del visitante se ha colocado una línea disuasoria en el suelo. El problema es que la línea es mínima y ni siquiera recubre todo el perímetro de la mesa, hecho que algunos visitantes espabilados aprovechan para colarse y acercarse más de lo que debieran.

El 99 por ciento de mi jornada allí lo paso de pie y dando vueltas alrededor de la mesa, repitiendo la misma frase: “detrás de la línea, por favor”. La primera hora se lleva más o menos, pero según va avanzando el día y la afluencia de público, mi propia voz se me vuelve insoportable de repetir la misma cantinela. Es una sala pequeña y aunque hable bajo, resuenan mis palabras en las paredes y vuelven a mi cabeza hasta que me convierto casi en un autómata pendiente de la minúscula línea y de las baldosas que deben dejar los visitantes allá donde no la pusieron. ¡DOS, son DOS BALDOSAS hacia adelante y hacia los lados!

Mientras estoy escribiendo estas palabras, me están volviendo los nervios que tengo siempre en esa sala. ¿Por qué nadie decidió hacer una vitrina cerrada en vez de una mesa? ¿Por qué la línea es tan fina y escasa que mucha gente ni la ve? ¿Acaso quedaba feo poner una línea más larga? Estos pensamientos no solo los tengo yo. Muchos visitantes me los han transmitido tal cual junto con el ya famoso “vaya sala te ha tocado, estarás todo el día igual”

¿Qué debo hacer, Srta Trancis? Temo cada vez más el caer en esa sala y no controlar mis nervios. A lo mejor necesito algún ejercicio de relajación o intentar hablar con el compañero para que me cambie un ratito, con el permiso de mis jefes.

Espero su pronta respuesta o por lo menos, su consuelo. Muchas gracias por leerme.

Firmado:


La desesperada línea corta


La infame línea corta. Fuente: fotografía de la Redacción


Queridísima Desesperada Línea Corta:

Recibo su carta mientras me abanico con un pañuelo imaginario y asiento con gravedad, porque lo suyo no es una simple molestia laboral: es un drama geométrico, un sufrimiento baldosil, una tragedia en dos losas mal contadas.

Usted no trabaja en una sala, querida mía: usted custodia una frontera. Una frontera frágil, tímida, casi pudorosa, que no se atreve a decirle al visitante “hasta aquí”, y entonces el visitante, ese ser curioso, confiado y ligeramente miope, avanza, se desliza, se cuela como quien no quiere la cosa. Y ahí está usted, convertida sin pedirlo en guardiana de la línea mínima, en sacerdotisa del “detrás de la línea, por favor”, frase que ya no sale de su boca sino de lo más hondo de su alma.

Comprendo su tormento. Comprendo cómo su propia voz, multiplicada por las paredes, vuelve a usted como un eco acusador: línea, línea, línea. Comprendo que las baldosas ya no sean baldosas, sino un sistema de medida moral. Dos baldosas no son dos baldosas: son orden, son civilización, son la delgada diferencia entre el museo y el caos.

Ahora bien, no se pregunte más por qué no hay vitrina. No se pregunte por qué la línea es corta, fina o tímida. Esas preguntas llevan a la locura y, peor aún, a hablar sola mirando al suelo. Acepte que la línea es como es, igual que hay personas que nacen con flequillo difícil o las orejas grandes.

Mi consejo es triple:

  • Interiorice la línea: No la mire. Sea la línea. Cuando el visitante avance, mírelo con serenidad infinita y diga “detrás de la línea” como quien anuncia que está lloviendo. Sin alma, sin eco, sin drama. El autómata, bien usado, es un escudo.
  • Varíe la cantinela (sólo en la intimidad de sí misma): Verbalice siempre lo mismo, pero diga para sí frases alternativas: “Dos baldosas salvan vidas” “Maruja lo vería” “La línea es corta, pero mi paciencia no”. Esto no cambiará nada, sin embargo, la hará sonreír por dentro, y eso, querida mía, es resistir.
  • Pida un relevo sin sentirse culpable: No es huir, es rotar el martirio. Hable con el compañero, con algún jefe, con el destino si hace falta. Nadie está hecho para vivir eternamente entre una mesa y una línea indecisa.

Le mando mi más sincero consuelo, un discreto aplauso y exactamente dos baldosas de calma.

Siempre suya,


Srta. Trancis


0 Comentarios