En el Madrid de 1932, la joven escultora Marga Gil Roësset se convirtió en el reverso trágico de la poesía de Juan Ramón Jiménez. Lo que comenzó como una profunda amistad con el matrimonio Jiménez-Camprubí, terminó en una pasión absoluta y silenciosa que Marga no pudo sostener. Antes de entregarse a la muerte a los veinticuatro años, destruyó su obra a martillazos y entregó su diario al poeta: un último testamento de amor imposible.

Hay amores que nacen sin medida y crecen sin control, incapaces de detenerse antes del abismo. Amores que avanzan ciegos, ajenos a toda advertencia, mientras el desamor observa, impotente al principio, y después condenado a intervenir demasiado tarde.


El amor era ciego, se dejaba llevar.
El desamor, que creía haberlo visto todo,
intentaba una y otra vez echarle el freno,
no podía permitirle un tropiezo más.

Pero el amor era como un niño,
nunca paraba quieto,
jugaba y saltaba sin miedo.

Al desamor no le quedaba otra opción
que prepararse para caer al vacío de nuevo.

Un día el desamor tocó fondo
y cansado de sufrir las consecuencias del amor,
tomó las riendas de la situación.

Le amordazó
para evitar la tentación
de aquellos labios con sabor a menta fresca.

Le tapó los oídos y la nariz,
para que no volviera a ilusionarse
al escuchar palabras dulces y falsas promesas
e impedir que respirara el perfume
que le hacía perder la cabeza.

Y le arrancó la piel,
para que jamás volviera a sentir
las caricias que le hacían enloquecer.

El amor no despertó más,
su corazón había dejado de latir.

El desamor, lejos de intentar reanimarlo,
lo enterró, borró cualquier huella de su existencia
y continuó con su vida,
una vida vacía,
una vida sin AMOR,
una vida solitaria,
la condena del DESAMOR.


MoniMI

Virgen con niño (1925), Marga Gil Roësset. Fuente: Artshers.com



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