Estimada Selena:

El motivo de esta misiva es una inquietud que lleva acompañándome los últimos meses. Algo de lo que no consigo evadirme por más que lo intento.

Hace varios meses se inauguró la cuarta planta del Museo. Los primeros días que me tocaba en la cuarta iba emocionado porque había muchas cosas por descubrir. Obras que no pasan desapercibidas, como tres jaulas enormes o una instalación que tiene más de dos mil tacones. Lamentablemente, hay vídeos y grabaciones que después de tres días vigilando esas salas se convierten en una tortura.

En las primeras salas se escuchan un par de canciones de Jota, cantante de Los Planetas, que son bastante deprimentes. Pocas salas más adelante, te topas con la película Arrebato, más concretamente una voz en off que susurra durante media película que te transporta a la locura del protagonista. Siguiendo el orden de las salas, encuentras una grabación de una breve canción con dos altavoces que no van sincronizados para aumentar su efecto perturbador. Aunque hay algunos vídeos y proyecciones que pasan algo más desapercibidos, el colofón final es insufrible. Por un lado, un vídeo en el que una artista destroza una réplica del Moisés de Miguel Ángel, y para arruinar tu paz, un montaje de fragmentos de telenovelas donde las actrices no dejan de decir “sí, señor”. Así durante jornadas interminables.

En un alarde de generosidad sin precedentes, el Museo me ha proporcionado un par de tapones para amortiguar el ruido; por desgracia, son de un solo uso.

Srta. Trancis, el Museo se ha mostrado inflexible y se niega a facilitarme más tapones. Además, mi depauperada economía no soportaría el gasto que supondrían unos tapones mejores. Dígame, ¿qué puedo hacer para que mi existencia sea más llevadera?

A la espera de su sabio consejo,


Fidel


Imagen generada con IA


Mi muy estimado Tímpano Mártir,

He leído su carta con el aparato auditivo hecho un ovillo por la preocupación. No por su salud mental, que a estas alturas considero irrecuperable, sino por la posibilidad de que el museo haya descubierto una nueva forma de tortura y pretenda incluirla en su programación educativa.

Comprendo perfectamente su desdicha. Pasar ocho horas al día escuchando canciones deprimentes, susurros de psicópatas y señoras de telenovelas que repiten “sí, señor” es una experiencia que ni el mismísimo Dante habría imaginado, aunque, de haberlo hecho, seguramente habría solicitado una beca para investigar sus posibilidades museográficas.

Lo verdaderamente envidiable es la generosidad de la institución. Primero le ofrece una colección de sonidos capaces de provocar una lobotomía espontánea y, después, le entrega dos tapones de un solo uso. Dos. Como si la dirección hubiera calculado con precisión científica que el sufrimiento humano debe administrarse en pequeñas dosis para no comprometer la productividad. Si se niegan a proporcionarle más, demuestra, por otra parte, una encomiable preocupación por el medio ambiente. Los tímpanos son recuperables, pero el presupuesto, al parecer, es sagrado.

No se desanime. Le propongo que adopte una actitud constructiva ante esta situación. Cuando suene Jota, piense que está escuchando el lamento de un departamento de Recursos Humanos. Cuando la voz de Arrebato le susurre al oído, imagine que se trata de la dirección explicándole las condiciones de su contrato. Y cuando las actrices repitan “sí, señor”, no haga nada. Es posible que con el tiempo termine por confundir la obediencia con el talento, aunque debo advertirle que el Museo podría considerar esa confusión una señal de madurez profesional.

Respecto a la artista que destroza el Moisés, le conmino a estudiar sus movimientos con la atención que merece toda persona que ha encontrado una salida digna a su desesperación. Quizá pueda aprender de ella. Si un día pierde usted los nervios y hace añicos una de las jaulas, no diga que ha sufrido una crisis: diga que está ampliando los límites de la escultura contemporánea porque la obra necesitaba respirar. Si le despiden, habrá contribuido usted, al menos, a enriquecer el discurso crítico del Museo.

Y no se preocupe por su economía. No compre tapones nuevos. Sería una lástima que tuviera que gastar su sueldo en solucionar un problema que no ha creado, especialmente cuando la institución tiene recursos suficientes para adquirir miles de tacones, levantar jaulas monumentales y reproducir durante horas los diálogos de una telenovela. Es evidente que hay prioridades. La cultura tiene sus exigencias y usted, querido Fidel, parece ser una de ellas.

Le sugiero, eso sí, que presente una solicitud formal para que instalen unos altavoces en su domicilio, conectados directamente a las salas del Museo. Así podrá continuar disfrutando de la experiencia durante sus días libres, que es cuando el arte alcanza su máxima expresión, cuando uno no puede escapar de él ni siquiera en pijama.

Por último, quisiera tranquilizarle. No está usted perdiendo la razón. La razón es un privilegio burgués que desaparece en cuanto se ficha a la entrada de ciertos edificios. Lo que le ocurre es que está empezando a comprender el arte contemporáneo en toda su profundidad: como una experiencia que alguien diseña, alguien financia y alguien tiene que soportar.

Tenga paciencia, Tímpano Mártir. Puede que en unos años el Museo inaugure una planta, la tercera, dedicada al silencio. Será una instalación revolucionaria, de una radicalidad nunca vista ni oída, y es probable que la dirección la presente como una reflexión sobre la ausencia, la escucha y los límites de la percepción humana.

Naturalmente, usted no podrá disfrutarla. Para entonces, habrá perdido el oído.

Le deseo una pronta recuperación auditiva o, en su defecto, que el Museo lo incorpore a su colección permanente bajo el título “El trabajador que lo escuchó todo y no pudo contarlo”.

Con cariño susurrado, se despide su siempre amiga,


Selena Trancis


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