100 metros sala: Funambulismo sobre el Turia
Hace ya unos meses que nos despedimos de la exposición temporal dedicada a la artista libanesa Huguette Caland, Una vida en pocas líneas. Muchos de nosotros guardamos un buen recuerdo de la amplia selección que pudimos ver en la cuarta planta. Una muestra que recorría todas sus etapas: desde que empezó en la pintura con Sol rojo, hasta su regreso a Beirut, pasando por sus dibujos de trazo continuo, sus Silent Letters y sus peculiares kaftanes.
Aunque hay cuadros que podrían ser más importantes, hoy vamos a hablar de Funambule. Si bien en este cuadro no se aprecian los colores cálidos y fondos claros típicos de Caland, sus trazos y contornos sí son reconocibles en la obra de la artista. Como su nombre indica, podemos ver a un funambulista caminar por una cuerda, en una metáfora en la que Caland intenta representar la inestabilidad y fragilidad que sufría en su vida en Francia. En la actualidad, ese funambulista, símbolo de debilidad, se ha desplazado varios cientos de kilómetros hacia el sur. Exactamente, a Valencia: la capital del Turia.
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| Fuente: Instagram |
Hoy el Valencia se ha convertido en una marioneta que maneja a su antojo un muchimillonario de Singapur. Desde que Peter Lim se convirtió en el dueño del club, allá por 2014, el equipo se ha convertido en una parodia de lo que un día fue. Lim, apoyado en sus lacayos, ha despedido a aquellos que han demostrado ser mínimamente competentes —como Marcelino o Mateu Alemany— y se ha dedicado a vender a cualquier jugador que destacase.
Si hace dos décadas el Valencia ganaba Ligas y llegaba a finales de Champions, en los tiempos que corren el Valencia es un equipo que transita de forma sorprendentemente cómoda sobre esa fina cuerda que separa Primera y Segunda división.
Si al funambulista de Caland un paso en falso puede condenarlo al abismo, al Valencia un buen resultado de un rival como el Oviedo —un equipo que llevaba casi un cuarto de siglo sin estar en Primera División— le puede precipitar a puestos de descenso.
Al igual que ocurre con el cacareado Nuevo Mestalla —un estadio que se empezó a edificar en 2007 y cuya construcción estuvo paralizada durante dieciséis años— el Valencia es un proyecto en vías de fracasar por culpa de todos los que le rodean. Porque la unión entre una afición que pretende convertir en eterna una efímera época de esplendor, y un dueño más pendiente de sacar el mayor rédito posible de unas depauperadas finanzas, sólo puede conducir al fracaso.
Han transcurrido más de cuatro décadas desde que Caland pintó a ese funambulista, y el tiempo pasa para todos. La flexibilidad se pierde, la fuerza mengua y ese fino hilo que lo sustenta se va desgastando. Aunque a estas alturas de temporada pueda resultar pronto decirlo, el Valencia está en serio riesgo de perder la categoría. A pesar de que un descenso podría catalogarse como una tragedia para su afición, sería la forma más sensata de ir donde se merecen: a Primera… a Primera Federación, concretamente.
Miguel González

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