Estimada Srta. Trancis:

Le escribo desde una de las silenciosas salas de un Museo donde trabajo como vigilante de sala, un lugar donde hasta el más leve susurro resuena… menos, claro está, cuando se trata de ciertos compañeros cuyos retrasos parecen no hacer ruido para nadie más que para nosotros.

Algunos de los vigilantes tenemos un problema que ya nos tiene más estresados que los guardias del Louvre el día que robaron la Gioconda o las joyas de Napoleón. Uno de nuestros colegas, al que, con resignación, llamamos “la Banca” (porque siempre gana), tiene la costumbre de llegar tarde cada vez que le toca hacernos el relevo. Dos minutos en el primero, tres al siguiente, hasta cuatro cuando se ve generoso… y así, gota a gota, va drenando nuestros escasos instantes de descanso, al mismo tiempo que amplía los suyos.

Mientras él acumula minutos, los demás acabamos vigilando más de lo que nos corresponde, quedándonos sin el respiro que tanto necesitamos en jornadas en las que no solo custodiamos arte, sino también nuestra paciencia.

Le suplico, tanto en mi nombre como en el del resto de compañeros con minutos extraviados, nos oriente sobre qué podemos hacer para que esta situación termine sin convertir el Museo en un campo de batalla. ¿Cómo podemos actuar con justicia y sin crear un conflicto mayor? Nos gustaría encontrar una solución que no rompa la armonía del equipo… pero tampoco nuestros nervios.

Agradeciendo de antemano su consejo siempre sensato y reconfortante, le saluda con afecto y cansancio acumulado,

Un vigilante agotado,

pero educado


La persistencia de la memoria (1931), Salvador Dalí. Fuente: MoMA


Querido vigilante agotado pero educado:

Su relato llega hasta mí como un eco que viaja a través de salas blancas donde, en ciertos momentos, no transcurre el tiempo y sin embargo, paradojas de la vida, usted me habla de una estafa de minutos. 

Ese ser al que llaman “la Banca” aparece ante mis ojos como una figura casi mitológica: alguien que, cuando llega el momento del relevo, se disuelve en la frontera entre el ahora y el después. Tal vez camina por un corredor invisible que solo él conoce, un pasadizo donde los relojes se demoran por gusto y los minutos se desprenden como pétalos de una flor sin aroma. Y mientras él atraviesa ese territorio incierto, ustedes permanecen quietos, sosteniendo el espacio, sosteniendo el silencio, sosteniendo incluso el cansancio.

Tal y como yo lo veo tienen ustedes que tomar las riendas y acabar de una vez por todas con esta situación tan injusta. Les planteo diferentes opciones:

  • Designen a un compañero para que cuando a “la Banca” le toque ser relevo, se plante junto a él disfrazado de reloj de cuco. No se deberá decirle nada, simplemente se le mirará fijamente. El objetivo no es ridiculizarlo, es que el tiempo le persiga.
  • Todos los días, antes de empezar, se le deja en la taquilla una nota con frases motivadoras: “Hoy, si llegas a tiempo, el universo te sonreirá y tendrás un Moscoso más”
  • Celebren intensamente si alguna vez llega a su hora, aunque sea por casualidad. Bailen, canten, denle la enhorabuena.

Las obras de arte no hablan, no se mueven, no piensan…, pero ustedes sí pueden hacerlo. El tiempo les ha sido arrebatado en fragmentos, es hora de que lo recuperen completo.

Con un saludo que se desliza a través de salas blancas, se despide su amiga,


Selena Trancis


0 Comentarios