Relato: Un sueño
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| Fuente: Museo Reina Sofía |
Me dirijo a mi puesto y me encuentro con mi compañero Jesús, un tipo estupendo. Antes de recibir a los primeros visitantes y después de haber realizado la rutinaria requisa (afortunadamente constatamos con alivio que el Guernica sigue en su sitio), charlamos un rato y nos reímos de nada y de todo. El día promete ser bueno.
Ya han transcurrido más de tres cuartas partes de la jornada y, por primera vez en algo más de una semana, el número de visitantes y de grupos ha aflojado un poco. Esta tregua no nos ha permitido trabajar con algo más de calma hasta última hora, cuando la sala se ha despejado durante un momento, la tensión ha disminuido y nuestras mentes se han permitido el lujo de divagar durante unos minutos. Miro a mi izquierda y veo a Jesús con la mirada perdida, su cuerpo está en la sala, pero su mente…
¿Dónde estoy? Me encuentro en una calle estrecha, empinada y serpenteante. Las fachadas encaladas resplandecen por el sol y de sus balcones floridos cuelgan geranios y buganvillas que inundan el aire de frescor, alegría y color. Comienzo a deambular por las callejuelas porque aunque intuyo que estoy en un pueblo de la serranía de Cádiz, quiero descubrir en cuál.
Llego a una plaza en la que una hermosa fuente rodeada de palmeras acompaña las voces de los vecinos con el gorgoteo del agua. Al fondo hay una terraza que a esta hora del día está en la sombra y a pesar de ello, las sombrillas, con publicidad en sus raídos faldones, están abiertas protegiendo las mesas metálicas del aire fresco. De pronto veo a Jesús con su pareja de la mano, hablan y ríen cómplices, ajenos a todo lo que les rodea. Intento llamarles pero mi voz no se oye. No es mi sueño. Decido seguirles; cruzo la plaza, les veo girar al final de la calle hacia la derecha y echo a correr por los adoquines. Doblo la esquina y de repente… ¡una playa!
El mar está en calma. Cuando las olas se retiran dejan multitud de espejos en la arena que reflejan los brillos de la luz del atardecer. La brisa trae consigo los aromas salinos del mar y la frescura de la vegetación costera. Las prisas, los ruidos, los nervios… no tienen cabida aquí. Es el lugar perfecto para relajarse.
Me encuentro al inicio de un camino hecho con listones de madera y pasamanos de troncos que sobrepasa la vegetación pequeña y carnosa que soporta la cercanía del mar. Me dirijo hacia la extensa playa y al final de la pasarela me descalzo. Siento el placer del roce de la fina arena dorada entre los dedos de mis pies. Camino durante unos minutos hasta que me siento cerca de la orilla. Disfruto inspirando el suave aire y viendo el sol hundiéndose en el océano.
No estoy sola, a lo lejos veo una pareja paseando. No hablan porque no les hace falta; hace años que son capaces de saber las emociones del otro con un gesto, una caricia, una mirada. Poseen ese amor sereno que ha crecido con el paso de los años y que, pase lo que pase, les acompañará para siempre. Son ellos, han llegado a la playa desde la callejuela de ese pueblo de la serranía gaditana.
Un movimiento me saca de mi ensimismamiento: un caballero, móvil en mano, me pregunta por la sala del Guernica. Sonrío al tiempo que señalo a mi izquierda. Me pregunto si Picasso no hizo una pintura lo bastante impactante como para que alguien, que sólo quiere una foto, tenga delante esa obra de arte y no la vea.
Jesús con una paciencia infinita, pide a una chica más interesada en su selfie que en el propio Guernica, que no sobrepase la catenaria. Su sonrisa es serena. Me pregunto si seguirá pensando en esa playa, en esa luz, en esa calma que solo el amor verdadero sabe dibujar.
Es curioso, a la vez que hermoso, que una obra nacida para denunciar el horror y el sufrimiento humano inspire un sueño sobre el amor y la belleza.
J. Enna

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