Arte Efímero: Juan Uslé y el Triángulo del Arte
Hace unos meses que el museo Reina Sofía alberga la exposición de Juan Uslé, Ese barco en la montaña. Una muestra que recorre los cuarenta años de trayectoria del artista cántabro, durante los cuales ha tenido gran proyección internacional. Podemos encontrar obra suya en grandes museos repartidos por todo el globo. El MoMA de Nueva York o el Pompidou de París, además del propio Reina Sofía, son solo algunos de los lugares donde admirar sus cuadros, muchos de ellos de grandes dimensiones, a caballo entre el arte figurativo y la abstracción.
Su arte invita a la contemplación y desde una perspectiva plástica nos adentramos en su mundo de recuerdos y sensaciones vividas. Un buen ejemplo de ello es la obra en la que nos vamos a fijar y que nos va a servir como punto de partida de una reflexión sobre los museos.
Nada más comenzar la exposición nos encontramos con un cuadro de grandes dimensiones que nos hace quedarnos clavados delante de él por todo lo que transmite. Ante nosotros se presenta una obra de gran tamaño en la que lo primero que nos atrapa son las poderosas manchas de colores azules y pardos que parecen arrastrarnos hasta un lugar terrible, revuelto y oscuro, pero que a la vez nos hace querer quedarnos allí, en un refugio situado justo en el centro del cuadro. Si nos acercamos a la cartela leemos: “Casita del norte”, (serie río Cubas), 1986. Y allí ante nuestros ojos se revela como una fotografía, una choza en mitad de una tempestad marina. La obra está inspirada en un recuerdo de niñez: El hundimiento en 1960 del buque Elorrio en la costa de Langre (Cantabria), muy cerca de donde Uslé vivió con su familia. La casita del cuadro simboliza ese lugar a salvo ante las terribles fuerzas de la naturaleza.
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JUAN USLÉ. Casita del norte (serie río Cubas). 1986. Fuente: Foto propia redacción C.L. |
Esta obra, tan personal en la vivencia de Juan Uslé nos puede recordar a otra de un pintor completamente distinto y de una época anterior. Casi un siglo de diferencia separan a Uslé de Henri Le Sidaner, el autor de "La choza en los lindes del bosque, Étaples", 1893. Obra expuesta también en un museo diferente, concretamente el Museo Thyssen-Bornemisza. Le Sidaner pintó este cuadro durante un primer periodo de su vida en el que pasó temporadas en la costa francesa del Canal de la Mancha . Su obra de esta época se identifica con un realismo sentimental y bastante influida por la figura de Corot. Le Sidaner juega con el contraste entre lo vacío y lo lleno. Una explanada circular en primer término y al fondo la espesura del bosque. En medio de la composición, una campesina que camina hacia su hogar: una choza con una pequeña ventana por la que vemos que asoma una luz y se convierte en la protagonista de la escena.
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HENRY LE SIDANER. La choza en los lindes del bosque, Étaples. 1893 Fuente: Web del Museo Thyssen-Bornemisza |
¿Qué tienen en común estos dos cuadros? A nivel técnico, más bien poco, pero la idea de ambos pintores es la misma. Pintar un refugio en forma de hogar en mitad de la imprevisible naturaleza. Y ambos nos invitan a quedarnos en el cuadro, a disfrutar de la sensación de llegar a casa y a imaginarnos cómo sería nuestra vida allí.
Pero para llegar a esa reflexión y a ese disfrute se nos hace necesario el poder analizar las obras con tranquilidad. Y a veces, resulta simplemente imposible. Las salas de los museos se encuentran abarrotadas de público. Algo demasiado común en el llamado “Triángulo del arte” que componen los tres museos madrileños, (Museo Thyssen, Museo del Prado y el propio Museo Reina Sofía) situados entre el Paseo del Prado y Atocha.
Los museos deben ofrecernos la posibilidad de transitar, de deambular y de disfrutar. De estas tres opciones, con el colapso de público, muchas veces solo podemos limitarnos a la primera. Vemos los cuadros, pero nos perdemos la experiencia de encontrarnos deambulando, con alguna obra que nos sorprenda y nos emocione. Allí, en ese descubrimiento, está el verdadero disfrute.
En la carrera por superar el récord de visitantes año tras año, las pinacotecas han sacrificado calidad por cantidad. Algo que desde la dirección del Museo del Prado ya se ha advertido y hace solo unos días publicaron en su web un primer paso para frenar el sinsentido que supone ir al museo y no poder admirar los cuadros. Han reducido el número máximo de visitantes por grupo y deberán sacar sus entradas a través de la web con pases cada cuarto de hora. Es como decimos, solo un primer paso, porque no afecta a los grupos escolares, una gran mayoría en todos los museos.
Ojalá los otros dos museos del triángulo del arte se animen a seguir la estela del Prado y tomen medidas destinadas al bienestar del visitante.
Ojalá se convierta en tendencia y mejore la situación de otras grandes galerías internacionales colapsadas y sobrepasadas también en la seguridad como nos ha demostrado, desgraciadamente, ser el caso del Museo del Louvre de París.
Ojalá los museos vuelvan a ser aquellos refugios que fueron y que podamos sentirnos en casa, como en los cuadros de Uslé y de Le Sidaner.
C.L.


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