Estimada Srta. Trancis:

Le escribo desde un recóndito lugar del Museo porque no deseo que nadie más sea conocedor de la triste situación que llevo atravesando durante los últimos meses.

En el Museo hay un individuo, por no utilizar otra palabra, que es muy peculiar. Se podría decir que todo en él resulta peculiar: su comportamiento, su pelo, su forma de hablar y, lo peor de todo, su risa.

Desde que comencé a trabajar allí, cada día insiste en saludarme dándome un abrazo innecesario. Pero eso sólo es el comienzo de mi suplicio. Luego continúa con comentarios absurdos, risas que no vienen a cuento de nada, y, sinceramente, me hace sentir realmente incómodo.

He probado a decirle que me deje en paz, mas no se da por enterado. He intentado ignorarlo por completo, pero no desiste de su actitud pueril. Incluso en algún momento he hecho un esfuerzo sobrehumano y le he reído las “gracias” provocando para mi desgracia el efecto contrario.

Aunque soy un hombre de naturaleza pacífica, y lo último que voy a utilizar es la violencia, me he sentido tentado de darle una bofetada. Soy consciente de que de nada serviría presentar una demanda en un juzgado porque aún la mala educación no es delito. Sin embargo, por más que reflexiono, no encuentro forma de que ese personaje me deje tranquilo.

Dígame, Srta. Trancis, ¿qué puedo hacer para recuperar el sosiego que me están arrebatando?

Esperando su sabia respuesta,


Bernardo Galdas


Bernardo recibiendo su abrazo matutino. Imagen modificada con IA

Mi muy estimado Bernardo,

Su desesperación llega a mí en forma de misiva, trasladándome su peso, como si el alma cargara con toneladas de angustia que no se ven, pero encorvan los hombros y ensombrecen la mirada. Deja patente el malestar que le provoca ese singular ente de serie limitada, cuya mera presencia altera su sosiego y le genera un estridente desagrado.

Ese individuo al que describe, una amalgama de saludo y sobresalto, de risa y chirrido, no actúa movido por la maldad, sino por una desconcertante carencia de frenos en su juicio que le hace derrapar y salirse de las curvas. Ese personaje, querido Bernardo, no camina, irrumpe. No habla, emite. Y no saluda, asalta con los brazos abiertos. Su presencia altera el aire y provoca que hasta los objetos inanimados deseen un cambio de turno.

Usted, mi estimado amigo, ha cometido el error más común de las personas educadas: confiar en que el absurdo desaparece solo. No. Nada más lejos de la realidad. El absurdo crece, se reproduce por esporas y, si le ríe una gracia, hasta pone huevos.

De todas maneras, aquí está usted. No escondido tras una vitrina polvorienta ni camuflado entre estatuas mudas, sino fuera del anonimato, firmando con nombre y apellido, llamando a mi puerta con los nudillos del desasosiego. Y es aquí donde, si me permite, debo detenerme, arquear una ceja, cual Carlos Sobera y formularle una pregunta que flota como humo buscando un fuego:

¿Por qué ahora, Bernardo?

¿Por qué dar este paso, este pequeño acto de valentía epistolar, cuando podría haber seguido acumulando silencios como quien colecciona calcetines huérfanos?

Porque, no se ofenda, uno no escribe una carta así solo para quejarse. Uno escribe cuando algo aprieta más de la cuenta. Permítame ser ligeramente impertinente: ese individuo que le exaspera con tanto entusiasmo no parece actuar desde la pura estupidez, sino desde un afecto torpemente gestionado. Porque nadie abraza tanto por deporte, ni ríe así de fuerte sin esperar eco. Esa insistencia suya, ese empeño casi militante en sacarle de quicio, tiene más de enamoramiento desordenado que de simple mala educación.

Y ahora viene ese instante preciso en el que uno lamenta haber pedido consejo. Porque si ese personaje le ocupa la cabeza como una canción infame que se tararea a pesar del desprecio, no es solo porque moleste: es porque importa. A lo indiferente se le dedica la misma atención que a un puré insípido que uno se traga solo para llenar el estómago: rápido, mecánico, sin pensar. Este otro sentimiento, en cambio, es como un pastel de chocolate recién horneado, del que se saborea cada bocado y que uno quiere que dure para siempre.

Así que antes de exigirle al mundo silencio y distancia, mire su interior. Tal vez él esté enamorado con el entusiasmo de quien no sabe disimular, y usted lo niegue por miedo a un sentimiento desconocido que todavía pasea por su pecho preguntándose si tendrá cerebro… o si, como Trump, simplemente improvisa. No lo disfrace de molestia: el amor no pide permiso, se instala sin avisar; mueve los muebles y odia los disfraces.

Con afecto sosegado y una ceja arqueada,


Srta. Selena Trancis


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