Me encontraba en el jardín de la Casa de los Vetti, bajo la atenta mirada del volcán, cuando la llamada de mi sobrino me devolvió al presente.

Esa misma mañana había caminado, aprovechando el fresco y la calma, desde el hotel hasta la Piazza Garibaldi, ese espacio inmenso donde se encuentra la estación de Napoli Centrale y desde la que pensaba tomar el tren hacia las ruinas de Pompeya.


Monumento a Garibaldi en la plaza homónima (Nápoles). Fuente: Wikipedia


Me había levantado muy temprano para perderme en el laberinto de callejuelas caóticas, en vez de recorrer el camino más directo, pero menos sugerente, que suponía elegir el Corso Umberto I. A esa hora, el sol apenas rozaba los pisos más altos mientras una maraña de tendederos —donde ondeaban, como banderolas de fiesta, prendas de una intimidad casi impúdica— se recortaba contra la nitidez del cielo. Aún se respiraba cierta tranquilidad; el mercado de la Pignasecca no abría hasta las ocho y, aunque ya desplegaban mesas y colocaban el género, el vocerío de los vendedores todavía se hallaba lastrado por la modorra. Sus futuros clientes estarían disfrutando de un expreso o una sfogliatella en las cafeterías, leyendo Il Mattino o desperezándose tras las ventanas de los abigarrados edificios. 

Me detuve en una pastelería de Spaccanapoli, a la sombra de un altarcillo de la Virgen, para comprar tres fiocchi di neve. Una hora después, en mi asiento de ventanilla de la Circumvesuviana, intentaba recuperar la compostura mientras peleaba con el papel de envolver para quitarme el azúcar glas y la crema de ricotta de las manos.

En menos de media hora llegué a la parada de Pompei Scavi. El sol había dejado de ser amable. Me había olvidado el panamá en el hotel; para cuando el tren se perdió rumbo a Sorrento, mi pelo ya era una gavilla de paja mojada bajo la canícula. Quizá por el calor, no vi colas en las taquillas ni apenas turistas recorriendo el complejo.

Era mi tercera visita a Pompeya y, como en las anteriores, me entregué a ese trance donde la imaginación reconstruye los escombros hasta devolverles su antigua gloria. Siluetas de peatones, como fantasmas rescatados del olvido, recorrían de pronto las aceras abrasadoras y cruzaban por los pasos elevados para esquivar carruajes cuyas rodadas persistían en el basalto. Del lupanar escapaban bullicio y gemidos; los frescos, de un erotismo audaz, recuperaban la viveza de la pintura reciente. Incluso el clamor de las multitudes en el anfiteatro parecía vibrar en el aire hasta que, al recobrarse el silencio, el murmullo del Aqua Augusta volvía a fluir por fuentes y jardines.


Fresco pompeyano que representa a Perseo y Andrómeda. Fuente: Meisterdrucke.es


El deseo de volver a contemplar sus bellos murales y escenas mitológicas me empujó a refugiarme en la Casa de los Vetti, al amparo fresco de sus muros de estuco. La curiosidad me desvió hacia la zona de servicio antes de perderme en las estancias principales. Al entrar en la penumbra del atrio menor, me acerqué al larario y me incliné junto a una turista rubia para observar cómo los dos lares escoltaban al genio bajo la mirada de la serpiente, guardiana silenciosa de la prosperidad del hogar. La turista me miró y exclamó un «amazing», al que asentí con sinceridad. Busqué entonces la sombra del pórtico en el peristilo para disfrutar del patio ajardinado. En mitad de aquel silencio, el tono del móvil me devolvió, de golpe, a la fatiga de mi aburrido siglo. 

Mi sobrino llamaba desde Roma, la ciudad que lo acogía desde hacía tres años. Esta vez su voz sonaba apagada, dolida, lo opuesto a la energía que solía contagiar. 

—Chiara me ha dejado, tío —me confesó—. Un mensaje de texto y ya está, después de todos estos años. Sé que estás en Nápoles, a un paso... ¿Podrías subir a Roma mañana? Yo invito.

Sé por propia experiencia que los corazones rotos tienen prisa por sentir alivio; una cura momentánea que nunca basta. Por eso, no esperé al alba. Reservé desde el móvil un billete de alta velocidad hacia Roma, con cambio en Napoli Centrale, la estación de la que había partido hacía apenas unas horas. Llamé a mi hotel en Nápoles para deshacer mis planes y les pedí que me buscaran refugio en Roma para esa misma noche, llegaría con tiempo de sobra para cenar.

Siempre he preferido el tren como medio de transporte, y el viaje acabó resultando reparador. Tras la noticia —que me sacudió como el terremoto que sucede a una erupción del Vesubio— me dejé llevar por las cambiantes notas del atardecer. Admiré los verdes y ocres que el sol arrancaba a la Campiña de Caserta; lejos, al norte, encaramada a su montaña, la silueta de la vieja abadía de Montecassino vigilaba el paso del tren. Luego se sucedieron viñedos salpicados de olivos y cipreses, cuyos perfiles se dibujaban contra un cielo ya rosado. Al divisar las colinas volcánicas de los Castelli Romani, supe que el Lacio nos había dado la bienvenida y que la llegada a Termini era inminente.

Me había citado con mi sobrino en Ai Tre Scalini, en el barrio de Monti, un lugar elegido por él a quince minutos de la estación. El paseo me sirvió para sacudirme la luz de pecera de Termini y aterrizar en la Roma empedrada y cubierta de hiedra de la Via Panisperna. El local tenía un aspecto bohemio y estaba atestado. Mi sobrino, antes de que pudiera verlo, se me abalanzó y me propinó un fuerte abrazo. Ya había conseguido una mesa.

—He esperado a que elijas tú el vino, que sé que eres algo especialito —me dijo.

—Con el vino hay que ser especialito —subrayé la última palabra con cierto retintín.

Pedí un Cesanese del Piglio, un tinto del Lacio con el cuerpo necesario para maridar con la parmigiana de berenjenas que se me había antojado. Mi sobrino dividía una de sus polpette con el cuchillo antes de decidirse a hablar.

—Vuestra época siempre me sorprende —me adelanté yo—. Lo de cortar mediante un mensaje de texto me parece irritantemente moderno.

A pesar de todo, él se echó a reír.

—No me ha dado ninguna explicación. Nos despedimos la semana pasada a la salida del cine, y ya está. Se ha ido...

—Espero que al menos fuera una buena película —le dije mientras paladeaba el primer sorbo de vino.

Él negó con la cabeza, luchando por no sonreír.

—Las explicaciones nunca son suficientes, sobrino. Y, además, nunca te van a gustar.

—¿Y ahora qué hago yo con todo esto? —preguntó.

—Comértelo —señalé las albóndigas.

—No seas tonto, tío. Para ya. Me refiero a mis sentimientos.

—Conservarlos para cuando puedas disfrutar de su recuerdo. Ahora es pronto.

Él se quedó cavilando y no respondió, así que añadí:

—Hace un rato, en Termini, recordé algo útil. Ya que tu llamada interrumpió mi voluptuosa contemplación de los frescos de Pompeya, te hablaré de otro. ¿Conoces la historia de Mengs Y Winckelmann?

Mi sobrino me miró interesado.

—En la época de Carlos III, los borbones se dedicaban a la búsqueda del tesoro en Pompeya y Herculano con el tacto de un minotauro. Winckelmann, que era el mayor experto en arte antiguo de su tiempo y estaba obsesionado con los griegos y su ideal de belleza, fue el primero en indignarse. 

—¿Y esto qué tiene que ver conmigo?

—Ten un poco de paciencia —dije, aprovechando la pausa para masticar despacio una berenjena antes de proseguir—: Anton Raphael Mengs era entonces el pintor de la corte, y estaba muy interesado en entender las técnicas de los antiguos, y Winckelmann se colaba en las excavaciones casi a hurtadillas porque no le dejaban pasar; escribía cartas airadas poniendo a caer de un burro a los reyes por su falta de método científico. Él no quería solo estatuas bonitas para decorar caprichosamente el palacio, quería entender la historia que contaban. Inventó la arqueología allí mismo, sobre las cenizas de Pompeya y Herculano. Estaba claro que estos dos estaban destinados a ser amigos.

El camarero se acercó a rellenar nuestras copas y dejó caer unas gotas de un intenso color rubí sobre el mantel. «Mi scusi», dijo en un susurro antes de desaparecer. 

—Pero, con el tiempo, esa amistad se torció. Mengs se sintió ninguneado y a la sombra de la reputación de su amigo, así que decidió jugarle una mala pasada.

—¿Por qué no me sorprende?

—Mengs pintó un fresco siguiendo cada técnica antigua, cada grieta, cada trazo, usó los mismos pigmentos que he visto esta mañana en Pompeya, y presentó su Júpiter besando a Ganímedes como un tesoro arqueológico sin parangón para burlarse del criterio de su amigo. Lo dispuso todo para que alguien lo hallara excavando en los terrenos de Villa Negroni, una inmensa finca de cardenales y papas que estaba justo en lo que hoy es la estación Termini, por eso me he acordado de esta historia al bajar del tren.

—No me lo digas: el amigo entró al trapo —intuyó mi sobrino.

—Hasta el fondo —dije yo, apurando teatralmente la segunda copa de Cesanese—. Cegado por su amor a lo bello, Winckelmann lo describió en sus tratados como la prueba definitiva de la perfección antigua y, según algunas fuentes, con esa convicción se fue a la tumba.


Júpiter besando a Ganímedes (1759-1760), Anton Raphael Mengs. Fuente: Wikipedia


Hice una pausa, para que el vino terminara de asentarse en el paladar.

—Menudo cabronazo el Mengs ese.

—Pues aplícate el cuento. Hasta el mayor experto puede confundir una falsificación brillante con una reliquia eterna. Alégrate de haber descubierto el engaño antes de diñarla.

—Así que no crees en el amor, tío... —me soltó con una sonrisa escéptica.

Para responderle necesitaba llenarme de nuevo la copa. 

—Deseamos creer, sobrinazo. Como nuestro amigo Winckelmann, necesitamos creer que el fresco es auténtico. Pero, como dijo el poeta, el amor es eterno mientras dura.

—Brindo por eso —dijo mi sobrino alzando su copa. Yo hice lo propio.

En la mesa de al lado una atractiva mujer y su hija alzaron las copas hacia nosotros, respondiendo al brindis. 

—Una conversación interesante —dijo la mayor.

Le guiñé un ojo a mi sobrino.

A fin de cuentas, estábamos en Roma, la noche era joven... Y el mundo estaba lleno de frescos pompeyanos que encontrar.

Pero eso ya es otra historia.


Charlie Brown

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