La sala entera parecía sumida en el caos habitual de esas horas: grupos infantiles, adolescentes y adultos; turistas procedentes de los más diversos rincones del mundo... Frente al incesante trasiego de visitantes que se arremolinaban ante Muchacha en la ventana de Salvador Dalí y Un mundo de Ángeles Santos, otras obras guardaban un silencio cada vez más crispado.

En el lienzo de las hermanas Godon, Berthe Lascaux inclinó el mentón, temblando de indignación.

—¡Louise, es ya intolerable! —exclamó con vibración trágica—. He sentido el vil contacto de un gabán húmedo. ¡Un gabán! ¿Es este el destino de quienes frecuentaron los círculos del eminente Daniel-Henry Kahnweiler? 

Louise, rígida como una columna jónica, replicó:

—No es sólo relegación, Berthe; es un desaire sistemático. He contado ya noventa y siete visitantes que se han detenido ante esa ventana… ¡Noventa y siete! Y apenas son las once de la mañana. Nos hallamos, querida hermana, en la antesala del olvido. Y todo por una ventana abierta y un planeta caprichoso.


Retrato de las demoiselles Louise y Berthe Godon (1921), Josep de Togores. Fuente: Museo Reina Sofía


Desde el lienzo situado en la pared de enfrente, una mujer de brazos cruzados no se dio por aludida de inmediato. Permanecía con el libro sobre el regazo, la mirada perdida en un punto incierto del horizonte pictórico.

—Las ventanas siempre atraen más que los salones cerrados —murmuró sin levantar la vista—. Es una cuestión de aire.

Berthe se volvió hacia ella con escándalo apenas disimulado.

—¡Aire! ¡Lo que nos falta es respeto!

—Lo único que advierto —repuso la mujer con calma fatigada— es que el mundo gira con o sin espectadores. Y que los vigilantes nos cuidan con admirable constancia.

En efecto, un vigilante pasó rogando con un “no se acerquen tanto, por favor”, que todos escucharon y al que nadie hizo caso.

Desde un poco más allá, Alfonso Ponce de León carraspeó.

—Señoras mías —dijo con tono burlón—, ¡qué conmovedora es su desventura! Rozadas por abrigos, desplazadas por miradas distraídas… ¡Una calamidad sin precedentes!

Berthe se volvió, ofendida.

—Señor Ponce de León, su sarcasmo resulta impropio.

—¿Impropio? —replicó él, ladeando apenas el gesto herido que el pincel fijó para siempre—. Yo me retraté con las huellas frescas de un accidente de automóvil. Sangre, magulladuras… Y no contento el destino con ello, ya me aguardaba una muerte violenta pocos meses después. Créame, el desdén de un visitante es una caricia comparado con ciertas citas que depara la historia.

Louise palideció en su elegante marco.

—No es decoroso bromear con tales extremos.

—Al contrario —respondió él con una media sonrisa fatigada—. Cuando uno ha mirado de frente al parabrisas astillado y al porvenir más bien turbio, aprende a relativizar los empujones de sala. Ustedes se quejan de ser ignoradas; yo, en cambio, quedé fijado para siempre en el instante previo a algo peor que el olvido.


Autorretrato (1936), Alfonso Ponce de León. Fuente: Museo Reina Sofia


Una bañista dejó oír su voz grave desde el fondo de la sala:

—Hay destinos más duros que la indiferencia.

—Exactamente, señora de piedra —continuó Alfonso con suave ironía—. Así que, distinguidas hermanas, si un hombro las roza, considérense afortunadas: significa que están vivas en la retina de alguien, aunque sea por descuido.

Berthe, escandalizada, clamó:

—¡Louise, nos llama afortunadas!

Mientras tanto, en el vasto universo de Un mundo, las diminutas figuras seguían suspendidas en su arquitectura imposible, ajenas al tumulto. Ni una sola de ellas parecía advertir los suspiros, las quejas o los celos que despertaban.

La mujer del libro suspiró.

—Mírenlas. Ni siquiera saben que las miran. Tal vez ahí resida su ventaja.

Berthe guardó silencio un instante. Luego, con renovada exaltación, declaró:

—Pues yo me niego a desaparecer en la penumbra del olvido museístico. Louise, mantén erguido el porte. Si hemos de ser ignoradas, que sea con una dignidad que atormente la conciencia de estos visitantes volubles.

Louise asintió con solemnidad.

—Que así sea. Y si vuelven a rozarnos, al menos que sientan, aunque no sepan por qué, un leve estremecimiento de culpa estética.

El señor Ponce de León sonrió con discreta melancolía. La bañista calló, firme en su eternidad mineral. La mujer del libro volvió a su página imaginaria.

Y mientras tanto, la multitud seguía fluyendo, detenida casi exclusivamente ante una ventana abierta y un mundo suspendido, sin sospechar siquiera la tempestad de agravios que, en silencio, agitaba las paredes de la sala.


J. Enna


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