Me llamo Bill: Capítulo 0
¿Han pensado alguna vez en ese portero mayor que sólo sabe denegar los permisos y se pregunta por qué su vida es tan triste? Pues así soy yo: cada vez que me pasa algo bueno está a punto de pasarme algo malo. El karma.
Así me di cuenta de que debía cambiar. He hecho una lista con todos los vigilantes a los que he denegado permisos. Voy a intentar enmendar los problemas que les haya podido ocasionar. Intento ser mejor portero. Me llamo Bill.
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| Imagen generada con IA |
CAPÍTULO 0: Cuando aparece el karma
Después de tres semanas rechazando casi todos los permisos que habían solicitado los vigilantes, tuve una revelación que me hizo ver las cosas de otra manera.
Pocos minutos antes había colgado el cuadrante de la semana siguiente y me disponía a marcharme a casa. Me dirigí a la Estación de Atocha con la intención de coger el cercanías para volver. Llevaba varios minutos en el andén cuando una voz grave anunció por megafonía que el servicio del C-8 tendría una demora de más de media hora. Lo medité brevemente y decidí coger el metro. Tardaría un poco más de lo habitual en llegar, pero no sería nada grave. Error.
Tras recorrer varias paradas sin nada reseñable —salvo que el vagón iba atestado de gente— continuó mi mala fortuna. Llegando a Tribunal otra voz de megafonía nos avisó de que debíamos abandonar el tren. El andén, entre los que bajamos y los que ya llevaban un rato esperando, se colapsó. ¿Merecía la pena esperar al siguiente metro, sabiendo que difícilmente podría subirme? ¿O esperar dos o tres más y lograr entrar en uno que tuviese espacio para respirar? Llegados a este punto, la bombilla se me encendió y recordé que había una parada de autobús a escasos metros de la boca del metro. Tardaría algo más, pero podría soportarlo. Craso error.
Encontré la marquesina en la calle Mártires vivientes. Esperé tres minutos y me subí al autobús aunque el conductor no me dio buenas sensaciones. Tenía que recorrer cinco paradas. Según la pantalla superior, en ocho minutos llegaría a casa. Ya me lo merecía. Sin embargo, cuando algo puede ir a peor irá a peor. Quedaban dos paradas para llegar cuando de repente el autobús se detuvo. El tráfico estaba paralizado y se estaba formando un atasco monumental. Al parecer, había habido un accidente y estaríamos parados un rato más. Los segundos pasaban y me estaba empezando a agobiar. Estaba a varios cientos de metros de mi casa, por lo que hacer el trayecto a pie no sería una odisea. Me armé de valor y fui a hablar con el conductor para preguntarle si podía abrir las puertas para bajar. Este giró la cabeza, me miró seriamente, como si le estuviera ofendiendo y respondió: “no abriré las puertas hasta que no llegue a la próxima parada”. Qué sensación de impotencia me entró. ¿Cómo de grave sería el accidente?
Tras más de media hora esperando volvimos a movernos. Finalmente llegué a casa con más de dos horas de retraso. Del enfado que tenía se me quitó el hambre. Ni comí ni cené. Me acosté y me costó mucho conciliar el sueño. Ya de madrugada tuve una pesadilla. Estaba en el Museo, era el día antes de mi boda y bajé a mirar el cuadrante. El sábado, el día que me iba a casar con mi amada, venía señalado con un 2 y con el fondo gris. Entré aterrado en Portería para preguntar si se trataba de una errata. Me dijeron que no, que habían tenido en cuenta mi petición pero lamentablemente no había sido agraciado con el permiso. No me daba tiempo a cambiar el día con ningún compañero. Sería muy feo fingir que me encontraba enfermo para casarme. Tendría que llamar a mi novia para decirle que no me iba a presentar a mi boda. Contratar a la Orquesta Sinfónica de Viena era un desembolso brutal y si lo cancelamos con menos de tres días de antelación tendríamos que pagar el 80% del importe.
Me desperté empapado en sudor. Tenía la boca seca y me costaba respirar. Tardé unos segundos en recuperarme, pero no pude ignorar el sentimiento de culpa que afloraba en mi cabeza. No era la primera vez que una decisión mía arruinaba el día o la semana de alguien. Y de pronto lo vi claro: no quería ser el culpable de tomar una decisión que hiciera revivir esa pesadilla a nadie más.
Tras cavilar durante varias semanas, en las que no estaba del todo cómodo conmigo mismo, llegué a la conclusión de que tendría que intentar solucionar aquellos problemas que había ocasionado a los vigilantes por todos los permisos que denegué.
Intento cambiar. Intento ser mejor portero. Intento ser mejor persona. Me llamo Bill.

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