Cadáver Exquisito: Trabajando en el Museo
En esta sección, que lleva por título “un cadáver exquisito” en homenaje a un juego de creación colectiva que practicaban los surrealistas, os invitamos a continuar la historia que nuestra compañera Julia nos envió antes de acabar su contrato temporal (Julia, esperamos que vuelvas al Reina Sofía muy pronto, ánimo con los exámenes).
Podéis mandarnos al correo de gacetamaya@gmail.com, un microrrelato de 200 palabras, en el que
la última frase del texto con el que empezamos, en nuestro caso: “ Miré horrorizado, tenía el
rosario de la monja enredado en mi mano”, sea el comienzo del relato que nos enviéis
vosotros. Esperamos vuestras colaboraciones y elegiremos entre todos los textos
que recibamos, el siguiente por votación. Ánimo vigilantes, a por el siguiente
relato, que las musas os inspiren!
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| Fuente: Museo Reina Sofía |
Soy Ramón, guarda de seguridad y era mi segunda noche en el museo. Antes de comenzar mi ronda, saboreaba un pepito de ternera con una taza de café calentito que me había traído en mi termo.
La noche anterior había sido muy tranquila. Fui recorriendo las salas llenas de cuadros que no conocía, pero me parecieron una maravilla. Alrededor de las 22.45 nos tocaba hacer la ronda y debíamos dirigirnos a la planta 0. Sin embargo, esa noche mi compañero se puso enfermo y tuve que bajar solo. Oía ruidos, pero en un lugar tan grande, no me resultó extraño.
Bajé muchas escaleras. Entre los rellanos había unas bóvedas de ladrillo antiguas y, mientras atravesaba el pasillo de la izquierda, vi a una monja sentada en el jardín, "¡Madre mía! ¿Pero qué hace ahí?" Por un momento pensé: "¡Han cerrado el museo y la han dejado dentro!. Seguro que estaba en el baño y no se han dado cuenta, pobre...."
Me acerqué corriendo y llegué hasta donde ella estaba. Le pregunté qué hacía en el museo y me dijo que llevaba mucho tiempo viviendo allí, desde que el edificio era un hospital. De repente, me recorrió un escalofrío por la espalda y empecé a ponerme nervioso. Me dijo que no era la única persona que vivía allí, pero que ella me protegería. A cada instante que pasaba iba entrando en pánico. Me quedé inmóvil, no me salían las palabras. Quería preguntar y saber, pero estaba bloqueado. De repente oí una voz que me llamaba y comencé a gritar: "¡estoy aquí!, ¡estoy aquí!", era mi compañero que venía a buscarme, me había intentado llamar por radio pero tan sólo oía interferencias.
En el mismo instante en que llegó donde yo estaba, miré hacia la mujer vestida de monja. ¡Había desaparecido!. Mis ojos se perdían buscándola, pero no la podía ver.
Cuando llegamos a la escalera para subir a nuestro cuarto, mi compañero pisó algo. ¡Era un rosario! y yo, ya lo había visto antes. Era el que ella llevaba entre sus manos.
Intenté contar a mi compañero lo que me había pasado, pero no me dejó. Me dijo que todo el mundo hablaba de fantasmas y que él nunca había visto ninguno, que eran cuentos chinos.
Me puse a bostezar, y entonces me di cuenta de que todo había sido un sueño. Que alivio me entró. Terminé mi turno, me dirigí al metro para volver a casa y cuando estaba sacando la tarjeta de transporte de mi mochila, note que había algo raro en el bolsillo. Saqué la mano y miré horrorizado, tenía el rosario de la monja enredado en mi mano.
J. Roberts

1 Comentarios
Un relato con mucho ritmo que promete en sus próximas continuaciones,y de rabiosa actualidad además,gracias a Rosalía!
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