Hoy, en la Gaceta en femenino, celebramos el 122º aniversario del nacimiento de la artista toresana Delhy Tejero con una breve retrospectiva en forma de carta autobiográfica que ha escrito nuestra compañera Lydia. Esperamos que os guste.


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Me llamo Adela Tejero Bedate. Puede que, a simple vista, mi nombre no te sea conocido, pero soy una de las mujeres artistas más versátiles, misteriosas y originales del siglo XX español. O al menos eso es lo que, en los últimos años, historiadores y estudiosos del arte dicen sobre mí: que mi obra no se encuadra dentro de una sola corriente artística puesto que es muy diversa, repleta de mundos oníricos, diferenciados paisajes, arte abstracto y mujeres... muchas mujeres. Y es que, siendo una de las actualmente denominadas Las Sinsombrero, si de algo puede hablar mi arte, es de mí y de todas esas mujeres que marcaron mi generación.

Nací el 22 de febrero de 1904 en Toro, un pueblecito de Zamora donde, desde mi más tierna y humilde infancia, entre juegos con mis hermanas Dolores y Carmen y los atentos cuidados de nuestro querido padre, desarrollé una portentosa imaginación. Me gustaba fantasear con mundos mágicos y lejanos del pueblo, pero a la vez dibujar lo que veía en los campos, pese a que poco a poco ese mundo se me hacía muy pequeño. Mamá, desgraciadamente, falleció siendo nosotras muy pequeñas y nuestro padrico, a pesar de no contar con grandes medios, nos cuidaba mucho, aunque en un principio no le hiciera mucha gracia eso de que quisiera ser artista. Como le era imposible sufragar mi viaje a Madrid, tuve que recibir clases en la Fundación González Allende. Con el tiempo fui publicando ilustraciones para El Noticiero de Toro, pero siempre recordaré El Liberal pues supuso mi primer sueldo, y, junto con el dinero que había reunido mi padre, hizo que pudiera ¡por fin! mudarme a Madrid. Imagínate, una chica de provincias en la capital con sólo 21 años. Primero en la Escuela de Artes y Oficios y luego dando el salto a la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde no pude sino estar en las mejores manos: las de mis maestros, Julio Romero de Torres, Moreno Carbonero, Doménech… Incluso intervine en mi primera exposición colectiva en la Embajada de Cuba ¡cuando me compraron mi primer cuadro! A partir de ahí todo fue hacia arriba, colaboré con Blanco y Negro, Crónica, La Esfera… Esa solvencia económica hizo que pudiera vivir en la residencia de señoritas de María Maeztu los siguientes cuatro años de mi vida. Durante esa etapa pasé grandes momentos con Lorca, Clara Campoamor, Alberti, Valle-Inclán… Josefina Carabias y Marina Romero se convirtieron en mis mejores amigas; sin embargo, también guardo en un lugar especial de mi corazón a Maruja Mallo, Pitti Bartolozzi y Remedios Varo.

Hacia finales de los años 20, decidí cambiar mi nombre por Delhy. Algunos decían que porque quería acercarme al orientalismo imperante en la época y dejar un poco atrás mi pasado de chica de pueblo (como decía mi querida Pitti), y según otras habladurías porque era muy parecido al de la capital de la India. Y estarás conmigo, querido lector, en que hay ciertas cosas que no tienen por qué explicarse, así que, vamos a dejar el misterio y que cada uno saque sus propias conclusiones. Por supuesto, he de resaltar que, después de tanto esfuerzo, obtuve mi título de Profesora de Dibujo y Bellas Artes de la Escuela de San Fernando.

Los siguientes años transcurrieron entre más colaboraciones y exposiciones, pero también muchas ganas de curiosear e innovar en mi arte. Primero decidí viajar a París y Bruselas para aprender los procedimientos industriales de la pintura mural y después, a mi vuelta, me dediqué a las diferentes Venus de bolchevique, una serie de 52 dibujos con clara inspiración art-déco para ilustrar la novela homónima de José María Carretero Novillo que fue publicada en la revista Crónica de Madrid de manera semanal. En ellos se puede observar lo que se ha llamado la representación de la nueva Eva, un nuevo tipo de mujer moderna, autónoma e independiente, claramente una fiel representación de lo que en la época encarnábamos tanto mis queridas compañeras y amigas como yo: las mujeres de la generación del 27, a las que más tarde se nos denominaría Las Sinsombrero. Entretanto, me dieron una tercera medalla por mi lienzo costumbrista Castilla, y a finales de 1932 presentaba mi primera exposición individual en el Círculo de Bellas Artes, en la que mostré los dibujos de mis queridas brujas o duendinas, mis musas y a la vez queridas ayudantes, cada una de ellas con una función vital para mi arte. Kirta es una auténtica literata, la que me prepara los pinceles junto con Kulinda que se encarga del agua (y dedica su tiempo a la astronomía). Taruja le saca punta a los lápices y es aviadora, mientras que Pitocha es nadadora y sujeta el papel para que yo pueda trabajar. La última de ellas, Rabina, la alpinista, quizá sea la más brujilla de todas puesto que es la que se encarga de borrar los trazos del papel que ya no me sirven.


Las brujas con Delhy Tejero (1929). Fuente: Museo Reina Sofía


Asimismo, desarrollé el género del paisaje durante mi siguiente viaje a Marruecos en 1936. Al mismo tiempo que me dejaba maravillar por los encantos de ciudades como Tánger y Fez, tuve noticia del horrible momento que se estaba pasando en España. Acababa de empezar la maldita guerra. A duras penas conseguí regresar al país unos meses más tarde, e incluso ejercí como profesora desde el verano del 37, pero pronto pude obtener un salvoconducto que me ayudó a irme a Florencia y seguir completando mi formación. Luego vinieron Nápoles, Pompeya, Capri, otra vez París… A la vez que estaba deslumbrada con los sitios tan distintos y bonitos que visitaba y dibujaba, me preocupaba la situación en mi país. Es en estos días cuando pinto Madres de la guerra, obra figurativa con paleta fría en la que retraté el dolor y la pérdida. Era tan triste y tan acorde a los tiempos que vivíamos que no quise enseñársela por entonces a ninguno de mis allegados. Fue durante mi estancia en París cuando empecé a interesarme por el teosofismo, la cabalística, nociones astrales… que probablemente ayudaron a hacer que mis obras fueran aún más especiales a partir de entonces. En el 39 expuse con los surrealistas, pero las pinturas que allí presenté las destruí a mi vuelta a España. Lo siento, no revelaré mis motivos. Sí diré por qué volví, y es que el avance del nazismo y sobre todo el nacimiento de mi sobrina María Dolores, hicieron que quisiera volver a mi tierra con mis seres queridos. Después acabé instalándome en mi estudio del Palacio de la Prensa de Madrid, donde tenía unas vistas tan bonitas que ¿cómo no iba a dibujarlas?


Capri (1938). Fuente: delhytejero.com

Los años 40 fueron una época de prosperidad en mi arte ya que recibí muchos encargos, aunque desgraciadamente, muchas de esas pinturas murales no se conservan en la actualidad, según me chivan mis queridas brujitas. También me dieron una tercera medalla en la Exposición Nacional de 1944, un éxito que disfruté a medias pues mi padrico falleció ese mismo año. Esto, sumado a la influencia de la teosofía, me sumió en un momento de crisis y una gran religiosidad que hizo que eliminara las obras en las que había reflejado siquiera algún desnudo. Además, obtuve más medallas por otras ilustraciones y gané el concurso nacional para realizar un mural en el ayuntamiento de Zamora. Su título: Amanecer jurídico del municipio de Zamora. Quise hacer un fresco, pero me lo impidieron, lo que supuso que los lienzos fueran realizados en Madrid y después se trasladaran a su localización. Insisten mis brujitas en que hoy en día las telas no están en las mejores condiciones por lo que espero que pronto se obre la magia y decidan arreglarlo, ¡me quedó tan bonito! ¡Todavía se habla de cómo pude poner a Doña Elvira y Doña Urraca con Alfonso en el centro mientras dejaba a Sancho y al mismísimo Cid a un lado de la composición!

La curiosidad y mis ganas de seguir innovando hacen que en la década de los 50 me empiece a acercar al arte abstracto, siendo la única mujer que expuso con otros artistas del movimiento como Saura o Millares, pues siempre estuve abierta a todo tipo de experimentaciones artísticas. De esta época, aparte de mis autorretratos y las composiciones que les hice a mis familiares, son también mis maternidades, un conjunto de obras con representaciones de madres e hijos tan unidos que en la gran mayoría de ocasiones se fusionan entre sí, compartiendo ambos un solo ojo.


Maternidad (1954). Fuente: delhytejero.com

Los últimos años de mi vida los pasé cumpliendo encargos, como las pinturas de la Tabacalera de Sevilla o las de las universidades laborales de Zamora o Gijón, hasta que un oscuro día de octubre de 1968 dejé mi vida física. Y bien digo mi vida física, porque los artistas tenemos esa facilidad de poder ser inmortales, ya que nuestras creaciones son perpetuas y a merced de ellas siempre podemos ser recordados. 

En 1971, gracias a los esfuerzos de mi familia, se instauró en el número 5 de la plaza que desde 1934 lleva mi nombre en Toro mi casa-museo con obras y objetos originales, siendo la primera dedicada a una mujer en España. Desgraciadamente, la falta de presupuesto hizo que en 1987 tuviera que cerrar. Aunque este hecho me entristece, no creo haber sido abandonada, pues cada vez se hacen más exposiciones, se escriben más libros o se realizan coloquios sobre mi vida y obra. Estas tareas las llevan arduamente en la actualidad mis queridos sobrinos, y sobre todo las historiadoras que siguen en su continuo camino por esclarecer la verdad de un pasado un tanto oculto pero no por menos glorioso para la historia del arte que somos las mujeres artistas.

Lo que quiere decir, estimado lector, es que no caemos fácilmente en el olvido si hay alguien que lucha por hacernos visibles. 


Delhy


Autorretrato (1950). Fuente: delhytejero.com



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