La sala y yo: ¡Uf, qué pereza!
Me dicen que tengo que añadir un texto a mi foto. ¡Uf, qué pereza!
¿Un texto? Si casi no fui al colegio. Mi pueblo era tan pequeño que solo había un aula para todos los niños, los mayores y los pequeños, y un solo libro, que se llamaba Álvarez. El resto del día lo pasaba tirando piedras, en el olivar o con las cabras de mi abuelo. ¡Uf, qué pereza!
Me llevaron a Madrid, pero me echaban de todos los colegios. Claro, yo era el niño salvaje, y además yo sabía, gracias a Álvarez, dónde estaba Kenia y quién era Don Pelayo, y ellos no. Envidia. Ellos aprendían memeces con muchos libros. ¡Uf, qué pereza!
Me llevaron a un colegio interno, a estudiar electricidad, pero no vi la luz, solo que ahora monto muy bien las lámparas de IKEA.
Solo quedaba el Ejército (¡uf, qué pereza!), y me fui al Ejército del Aire porque quería ser de la banda. Pero al poco descubrieron que no tenía edad y me mandaron a casa. Entonces me llamaron de la Marina, y viendo mis antecedentes me llevaron a un destructor. Pero al capitán no le gustaban los marinos con gafas, así que me dieron un papel que decía que era inútil para la guerra… y a casa otra vez. ¡Uf, qué pereza! Se debió perder el papel porque me llamaron de Caballería de Valladolid y allí fui a llevárselo. ¡Uf, qué pereza! Así, a lo tonto, estuve en los tres ejércitos, como la Princesa de Asturias.
Al poco, mi padre me sugirió ir a los barcos de la empresa. Pero tuve que hacer un examen, porque, para ser marinero, no te piden saber nadar, pero tienes que saber qué es una “estacha” y dónde está “estribor”. ¡Uf, qué pereza! Así, de la noche a la mañana, estaba en la cocina del buque tanque Campanar, en ruta de Cartagena a Vigo y Gijón, atravesando el ciclón Hortensia. En el barco aprendí gallego y a montar en bicicleta, porque los petroleros siempre atracan muy lejos, y andar... ¡uf, qué pereza! También leí mucho: no tenía una mujer en cada puerto, pero sí una biblioteca. Con el primer sueldo, me compré una cámara y, desde entonces, no paro de hacer fotos. Pronto vi que el mar es para los peces y la marina para los ingleses, así que volví a Madrid.
Trabajé de agricultor y de conductor en la Cruz Roja. Tuve que sacarme el carnet, porque el que me compré en Argentina era falso, según la Guardia Civil. ¡Uf, qué pereza! Bueno, aprendí, entre otras cosas, que la línea discontinua no es para ahorrar pintura...
También me puse a estudiar bachiller por las noches, y se me dio tan bien que me hicieron bibliotecario y después secretario del instituto.
Entonces, mis amigos me apuntaron a unas oposiciones del Ministerio de Justicia. ¡Uf, qué pereza! Un sábado, después de un concierto de Siniestro Total, me dijeron que al día siguiente tenía el examen (¡qué narices: tres horas después!). Como no había control de alcoholemia, allá que fui. No os lo vais a creer, pero saqué la segunda mejor nota. Desde entonces soy Laboral del Estado. La primera nómina era tan baja que creí que era un anticipo (¡qué os voy a contar, compañeros!). ¡Uf, qué pereza!
Ya voy acabando porque, ¡uf, qué pereza!, no me gusta escribir; y no os cuento más cosas porque no han prescrito. Llevo siete años como vigilante en el Museo. Desde entonces, cada día hago una foto de una obra en la sala en la que estoy. Las puedes ver en Twitter (X): busca “vigilante de museo” o @MuseoVigilante. Las fotos, el título, autor y año y ya está. Como decía Dorothea Tanning: “si te lo tengo que explicar, ya no tiene gracia”. ¡Uf, qué pereza!
Hice esta foto en la expo temporal de Ida Applebroog de 2021. La obra se llama Who's the artist? Never Heard of Him. Se me coló una visitante e iba a recortarla, pero pensé: “¡Uf, qué pereza!”. Ahora es una de mis favoritas...
Espero que valga el texto... ¿Cómo que no? ¡Que no, que no escribo más! ¡Uf, qué pereza!...
Angeloxo

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