Diván del Reina: Amores de Barra
Mi muy apreciada Srta. Francis:
Me atrevo a escribirle por primera vez, con cierto pudor, y también con mucha confusión, porque nunca pensé que a mi edad pudiera encontrarme en una situación así. Tengo cerca de sesenta años y siempre he procurado conducirme con corrección y discreción, especialmente en el trabajo.
Trabajo desde hace años en el Museo Reina Sofía y, el día en que celebramos la copa de Navidad, ocurrió algo que todavía me tiene dándole vueltas a la cabeza. Uno de mis compañeros, una persona educada, cordial, con la que siempre he mantenido una relación profesional y amable, estuvo ese día especialmente atento conmigo. Me buscaba con la mirada, se acercaba a conversar, se interesaba por mí más de lo habitual. En un momento concreto, al ir a coger un canapé de la bandeja que ofrecía la camarera, nuestras manos se rozaron levemente. Fue un gesto mínimo, casi insignificante, pero para mí tuvo una intensidad que no sabría explicar.
No sé si fue fruto de mi imaginación, pero sentí que allí había algo más. Envalentonada por esa sensación, y quizá dejándome llevar por una emoción cuya existencia ignoraba, en un momento dado le hice una ligera caída de ojos, muy discreta, con la intención de que entendiera que su atención no me resultaba indiferente.
Desde entonces han pasado los días, y aquí viene mi desconcierto. Él no se ha significado en ningún sentido. No ha buscado un acercamiento, no ha hecho ningún comentario, ni siquiera me ha felicitado el año nuevo, cosa que sí ha hecho con otros compañeros. No sé si debo interpretar su silencio como falta de interés, como prudencia, o como una manera de protegerse, o protegerme, de un malentendido.
Me pregunto, señorita Trancis, si he hecho algo impropio, si he visto señales donde no las había, o si, por el contrario, me corresponde ahora dar algún paso más claro o, simplemente, guardar silencio y dejar que todo se disuelva con el tiempo. Me siento dividida entre el deseo de saber y el temor al ridículo, entre la ilusión tardía y el sentido común que siempre me ha guiado.
Le agradecería profundamente su consejo. ¿Cuál cree usted que debería ser mi siguiente paso?
Siempre suya,
Una enamorada en la sombra
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| Adán y Eva (1932), Rosario de Velasco. Fuente: Museo Reina Sofía |
Querida enamorada:
Su carta demuestra que usted observa mucho… y que con una copita de Navidad puede convertir un simple roce de canapé en un culebrón digno de portada.
Conviene empezar aclarando un punto esencial: a cierta edad, una ya no está para interpretar gestos ambiguos como si fueran jeroglíficos egipcios. Un compañero atento no es necesariamente un pretendiente, y un roce de manos en una bandeja de canapés suele ser, en el 90% de los casos, simple logística social. El otro 10% corresponde a accidentes, torpezas y camareros mal colocados.
Me habla usted de una “caída de ojos” cuidadosamente ejecutada. Permítame decirle que confiar en ese sistema de comunicación es tan fiable como los trenes de cercanías en Madrid. Si, además el destinatario no ha reaccionado ni siquiera con una felicitación de Año Nuevo, quizá no estemos ante un romance frustrado, sino ante alguien que no se enteró… o que se enteró perfectamente y decidió no seguir la función.
El silencio, aunque poco romántico, tiene la ventaja de ser bastante elocuente. A veces no dice “me importas”, pero sí dice “no voy a meterme en este jardín”. Y eso, en un entorno laboral, suele ser más sensato que apasionado.
Querida amiga, deje de interpretar roces de canapé como señales de destino; estamos en el siglo XXI, no en una novela de las hermanas Brontë. Ponga los pies en la tierra: si quiere romance de verdad, pruebe con una aplicación de citas, donde al menos nadie se hace el romántico mientras busca el canapé gratis.
Con afecto y la esperanza de que, por fin, espabile,
Selena Trancis

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