El Reina viajero: Punto de partida
Imaginad una escena. Un hombre vulgar, de a pie, de los que va en el metro contemplando su propio reflejo en el cristal de enfrente entre estaciones, con la mirada de las mil yardas que arrastra día a día, o absorto en los reels de su móvil o, con un poco de suerte, inmerso en las páginas de un buen libro. Imaginad que ese mismo hombre se encuentra de repente, teletransportado, en el desierto de Thar, en la India, en los alrededores de Jaisalmer y a escasos kilómetros de la frontera con Pakistán. Una frontera invisible, como todas, propiciada por la idea inculcada de los mapas políticos. Una llanura inmensa, inabarcable. Él solo ve desierto, una cresta de montes oscilantes tras la gasa del aire abrasador, una vegetación esquiva, casi ausente. Las ráfagas de viento picotean sus mejillas con una arena fina, suave, incluso reconfortante. No hay apenas nada a su alrededor. Hace unos momentos iba en el metro, camino de su trabajo. Ahora intuye una fortaleza en el horizonte, majestuosa, sacada de las leyendas que leía cuando era un crío. Hoy se siente libre, pequeñísimo e inmenso a la vez. El tipo sonríe a los sorprendidos pasajeros de la línea 1.
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| Fuerte de Jaisalmer. Fuente: Commons |
Os he pedido que imaginéis porque viajar es imaginar. Antes, mientras construyes ese viaje que nunca saldrá como tú quieres, gracias a Dios, pues es en los puntos ciegos donde el trayecto se cobra su propia dimensión. Durante, cuando lo que ves deja de ser un conocimiento de lo visto y se convierte en un reconocimiento de lo imaginado. ¿Quién no ha ido a Nueva York para constatar que todo eso que se agitaba en su cabeza viajera y, con seguridad, cinéfila se encontraba realmente allí?
Y después, cuando ves las fotos y los vídeos que has acaparado en el viaje y ya parecen ajenos, como tomados por otra persona.
¿Realmente estuve allí?
Pero es que viajar es eso, sentirse siempre ajeno: antes, durante y después. Los tres actos del drama; el viaje del héroe. Y en este mundo en el que vivimos, en la casa de siempre, con decorados perpetuos que parecen impuestos, los mismos edificios camino del transporte público, con nuestra tarjeta con nombre en el trabajo; con nuestra presunta (y probablemente castrada) personalidad, con amigos o conocidos con los que, según las buenas maneras, hay que mantener nuestra invariable identidad para no cambiarles el esquema de grupo, viajar se convierte en una verdadera transformación. Nos volvemos un avatar de nosotros mismos. Somos otro.
Yo he sido un lord inglés en un vagón de primera clase en Rajastán. Recuerdo que me imaginaba el tren como una lombriz metálica destellando en el desierto a vista de águila. Conmigo, ese ser insignificante, que debería regresar a su oficina en dos semanas, saboreaba un Château Lafite no demasiado caro y mostraba una sonrisa aristocrática al tiempo que trataba de mantener una cierta destreza mientras manipulaba los elegantes cubiertos.
Pero también he sido Indiana Jones en Costa Rica, en las húmedas selvas de Tailandia, en el Templo Maldito de Jaipur, donde aún conservan la cripta de culto a Kali; en el interior de la pirámide de Zoser, en Saqqara, donde hubo que sobornar al ejército egipcio para que nos permitiera casi profanarla, y todo eso instantes después de sentirme un personaje de Agatha Christie en el crucero sobre el Nilo; paranoia incluida por mi complejo de víctima. He sido Rick en Casablanca, y Bernie Gunther en el Berlín más cool, mientras el pianista tocaba melodías bávaras en la coctelería del Hotel Adlon. He cantado Cockles and mussels con la pinta de Guinnes en alto en varias tabernas de Dublín y me he sentido como John Wayne en Innisfree. He recorrido los callejones de Venecia buscando a la niña del chubasquero rojo de Nicholas Roeg y, en otro orden de cosas, me he pillado un buen resacón en Las Vegas con un grupo de amigos a cada cual peor. He sobrevolado las líneas de Nazca como Tintín en el asiento de atrás de una minúscula avioneta cuyos motores no paraban de toser y he visto amanecer en el lago de Pokhara, con la cordillera del Himalaya invertida sobre su mansa superficie como en una pintura de Martín Rico. Me han invitado a un vino español en una izakaya de Tokio mientras fuera las flores de los cerezos reventaban como palomitas de maíz coloreado, y me he sentido un samurái bajo el gran palacio de Kioto. Confieso que he vivido, como dijo el poeta.
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| Lavanderas de La Varenne (h. 1865), Martín Rico y Ortega. Fuente: Museo del Prado |
Eso se siente en el tercer acto, cuando regresas. Cuando recuerdas. Te has metido en la piel de mil vidas en cada viaje. Has sido Julio Verne, Oscar Wilde, Indiana Jones, Bogart, Joyce, Kurosawa...
Y en el paisaje actual, en el que todos somos ciudadanos de cualquier lugar, en el que todos los países se instalan en nuestro propio barrio, hueles ciertas especias en El Rastro y te transportan en un pestañeo a Udaipur; te sirven un café colombiano y por un instante tus sensaciones se mudan a Bogotá; degustas un dry martini y tus zapatos se posan sobre el suelo de mármol negro del Carlyle.
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| El Rastro de Madrid (El Museo Universal, 1859), Daniel Perea. Fuente: Wikipedia |
Imaginas. Lo ves y lo reconoces. Luego recuerdas...
Los tres actos del viaje del héroe.
Y en ese viaje hay algo innegable. Desde Ulises a Frodo Bolsón, desde Marco Polo a Cook, desde Colón a Phileas Fogg, todo viajero regresa transformado, y con ese cambio interior también transforma el mundo y a los suyos.
Espero que esta nueva rama de la Gaceta dé un paso adelante para transformar si no el mundo, acaso los momentos de quienes la leen. Y que sus líneas empujen a sus lectores a viajar y a conocer.
Para eso vivimos solamente.
Charlie Brown



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