Primer Certamen de Microrrelatos: Resultados
¡¡Y llegó el 4 de junio!!
Ya hace un año que aterrizamos en este viejo hospital reconvertido en museo nacional de arte. Y hace un año, muchos no sabíamos quién era Mayakovski. Y hace un año, no nos conocíamos. Y hace un año, no imaginábamos los compañeros vigilantes tan estupendos que íbamos a conocer.
Hace un año no éramos amigos. Tampoco imaginábamos algunas tristezas que nos han roto. Y hace un año nos perdíamos en los pasillos del museo, aunque algunos nos seguimos perdiendo. Muchos no sabíamos quién era Uslé, ni Aurelia Muñoz, ni Alberto Greco, ni tampoco sabíamos tanto como ahora de Maruja Mallo. Hace un año, tampoco habíamos oído hablar nunca de Néstor Fernández de la Torre, ni de todos esos escultores de la nueva figuración vasca que ocupan la cuarta planta.
Hace un año no entendíamos cómo funcionaban los relevos de la mañana. Y hace un año no éramos conscientes de que estamos rodeados de madridistas y de atléticos, ni que había tan cerca un convento donde venden las mejores rosquillas de Madrid. Hace un año tampoco nos quedábamos a comer en la Nubel. Y, por supuesto, todos teníamos un año menos.
Como ya hace un año de todo esto, pensamos que hoy es un buen día para recordarlo y celebrar nuestro primer aniversario en el Museo. Y por eso, queríamos hacer coincidir el resultado del concurso de microrrelatos que os propusimos el 23 de abril, Día del Libro, con este día, 4 de junio, tan especial para muchos de nosotros.
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| Esperando a sus futuros dueños |
Lo primero que queremos hacer es daros las gracias a todos los que os habéis animado a participar. Nos habéis entregado un total de 18 microrrelatos, superando nuestras mejores expectativas. Pero vayamos a lo importante. Tras intensas jornadas de deliberación, llenas de amenazas, conatos de pelea y varios amagos de abandono, el Jurado ha dictaminado que los ganadores y finalistas del Primer Certamen de Microrrelatos de la Gaceta Mayakovski sean:
PRIMER PREMIO
LA CAMA DEL VIEJO HOSPITAL
Las paredes del viejo hospital nos recibieron en una inmensa sala llena de luz, donde se sucedían hileras de camas blancas. Algunas visitas hablaban entre susurros para no perturbar la paz y nuestros pasos rompían el silencio de forma impertinente.
Allí estaba, en un duermevela inquieto. Imposible reconocer en aquella figura la mujer hermosa y fuerte, nacida para ser refugio y consuelo.
Rocé levemente la cama. Abrió sus ojos rodeados de enormes ojeras y emitió un gemido ahogado.
Su expresión se contrajo en una mueca de dolor infinito: “No puedo más. Algo me corroe por dentro como si unos perros desgarraran mis entrañas con saña. Cuando rozaste la cama, se despertaron y ya ni la morfina me calma”.
Sentí su desesperación, deseando poder ayudarla y unirme a ella en la cama como cuando era niña y ella me acunaba en mis noches de pesadilla. Me costaba reconocer en esa figura famélica a mi amiga y confidente.
No quise fatigarla y abandonamos la sala con una tristeza insondable. Nunca me había sentido tan sola. Nunca volví al viejo hospital. Ella se fue. Su dolor terminó, pero su recuerdo perduró en mí para siempre.
Carmen Pedroche Gómez
SEGUNDO PREMIO
HAY MÁS IMÁGENES PARA TI
Las paredes del viejo hospital me vieron recién fabricado y desnudito.
55 años después me vieron vestido de negro y con gafas, también vieron gente de colores, escolares revoltosos, una muchacha en la ventana, un director con falda, una cuerda de presos, el hombre invisible y hasta gente que pagaba por entrar…
Lo que no sé es qué pinta aquí la Reina Sofía, pero hay tantas historias en la pared…
Angeloxo
FINALISTAS
ENTRE PINTURAS Y OLVIDO
Miguel Ángel Sánchez Gómez
SILENCIO, SE CRITICA
Las paredes del viejo hospital aprendieron a reírse tarde, pero con ganas.
En el Museo Reina Sofía, cuando cae la noche, los antiguos pacientes no solo vagan: organizan visitas guiadas clandestinas.
—Bienvenidos al tour "Entre camas y lienzos" —anuncia una voz invisible. A su izquierda, un señor que fingía fiebre para
evitar trabajar. A su derecha, arte contemporáneo que tampoco entendemos.
Los fantasmas flotan entre cuadros, opinando sin filtro.
—Este lo hago yo con una escoba y dos estornudos —dice uno
frente a una instalación abstracta.
Una turista rezagada escucha risas. Se gira. Nadie. Pero una
etiqueta cambia sola: "Interpretación libre (y dudosa)".
El guía fantasma continúa:
—Aquí antes había una sala de reposo. Ahora hay una obra
que también invita a tumbarse… emocionalmente.
De pronto, las luces parpadean. El vigilante entra
corriendo.
—¡Otra vez vosotros!
—Tranquilo, Paco —responden. Solo estamos cultivando el
espíritu crítico.
A la mañana siguiente, los visitantes comentan lo mismo:
“Qué museo tan vivo.”
Y las paredes, tras tantos años en silencio, por fin sueltan una risa que apenas cabe en sus grietas.
Aunque todo arda
ELLA
Las paredes del viejo hospital
percibieron su tristeza nada más entrar ella. Aquellas que habían sido testigo
de tantas historias en el tiempo advirtieron que algo en ella había cambiado.
Quizá fue el brillo de sus ojos o su bella sonrisa, ahora apagada cual jardín
marchito. Quizá fue por su pesado caminar, lejos de ser tan grácil como el
vuelo de un pájaro. Ella, ser de luz que irradiaba energía iluminando como una
llama de dulzura los corazones vacíos y desolados, se había convertido en una
sombra color cenizo que vagaba entre las ruinas de sus propios recuerdos.
Pero las viejas paredes se
reunieron y, tras mucho debatir, acordaron unirse para transformar la lobreguez
de su alma en infinidad de expresiones artísticas. Y la envolvieron de colores,
de formas, de matices, de texturas, de sonidos, y le mostraron un nuevo mundo
de emociones, sensaciones y percepciones que terminaron aplastando a la
oscuridad y despertaron de nuevo su luz interior.
Hoy recorre las salas de un Museo
que desborda arte en cada uno de sus espacios y emborracha su alma de relatos
que le narran las miles de obras que cuelgan de las paredes de su viejo y
querido hospital.
Jánima
DEVENIR
Las paredes del viejo hospital
debatían acaloradamente sobre su devenir recordando lo que fueron, lo que
sufrieron, sus éxitos, a veces sus miserias.
—Cobijamos a enfermos siglos atrás..., —manifestaban los muros de carga, robustos, quietos, serios.
—Sí, pero casi ciegos, opacos, sin dejar pasar
la luz, apenas se curaban. —rebatían las galerías acristaladas que penaban su sola labor de
pasillos —Si al menos nos los hubieran dejado a nosotras..., —apuntaban.
Un muro divisorio interrumpía:
—No
supieron actualizarnos, nos quedamos obsoletos, nos abandonaron, cambiamos los
enfermos por vagabundos, gatos y basura... una auténtica ruina. —argumentaba
mientras se le entrecortaba la voz por la tristeza que le embargaba.
Un tabique de esos de cartón yeso que allí estaba oyéndolo todo dijo eufórico:
—¡Pero ahora han venido los
artistas, sujetamos sus trabajos...!
—Pero no ven la luz. —dijeron los
serios muros de carga apoyados por los de contención. —Exhibidos como fieras en
un zoológico, la gente les hace fotos... selfies lo llaman ahora..., —remataban.
—¡Sacad el arte a la calle! —gritó un muro de
fachada con un gran graffiti colorido mientras unos operarios lo derribaban
para abrir el acceso a una moderna cafetería.
Fueron sus últimas palabras.
Todos volvieron a su eterno
silencio.
Agustín Carretero
RESTO DE PARTICIPANTES
LOS ENTES
Las paredes del viejo hospital
rezumaban humedad. Debería haberlo apuntado en el parte, pensó, aunque a la
vista estaba que no le hacían caso. ¿Cuántos años llevaba diciéndolo? La
reinauguración había sido un éxito, pero Ataúlfo no estaba convencido. Más de
tres mil metros cuadrados y ni una cama ¡Menudo hospital! Había soportes que
podían servir para tumbarse, pero esas modernidades... Y lo de los objetos por
el suelo ni lo había comentado. Había hasta unas jaulas de pájaros enormes,
quizá para una nueva terapia. Lo que volvió a apuntar en el parte era que no
había zona de personal. ¿Dónde iban a descansar? ¡Nadie pensaba en ellos! Le
habría gustado sentarse en una de esas sillas blancas, pero cada vez que lo
intentaba un ente con quimono negro se le ponía encima. Odiaba a esos
fantasmas, también a los que vagaban por todas partes con cosas brillantes en
las manos ¡cómo van a descansar los pacientes! Ataúlfo quiso ver qué miraban y
se acercó a uno de ellos: leía lo que parecía un periódico. Su jefe hablaba de él.
¡Estaba muerto y el Hospital era un Museo! De repente, un sentimiento de
alegría le invadió, no le estaban ignorando.
Susana Hernández Molinero
VENTANAS
Las paredes del viejo hospital son blancas —me dijo—. Poca cosa, incluso algo vulgar. Aun así, fuimos hasta allí. No me había mentido: eran blancas. Una simple mezcla de materiales de construcción. Sin embargo, no eran poca cosa. Eran una excusa. Eran lo que se necesitaba para albergar aquellas ventanas que destacaban entre aquellas paredes.
No eran ventanas sin más. A través de una ventana cualquiera se ve el exterior, el mundo alrededor. Estas eran diferentes. Mostraban el interior. Interiores a veces aparentemente absurdos; otras veces, cuadriculados; en algunas ocasiones, indescriptibles; indescifrables en otras; fantásticos, increíblemente luminosos algunos; otros, con una oscuridad magnética; inverosímiles en parte y, a veces, incluso aparentemente indefendibles.
Me volví con la intención de explicarle que se había equivocado, pero nada más ver sus ojos, brillantes, con una emoción que no supe interpretar (¿diversión?, ¿orgullo?), me di cuenta de que ya lo sabía, pero quería que lo viera por mí misma.
—Parecen ventanas, pero son diferentes. ¿Qué son? —le pregunté.
—Almas —me dijo—, y tienen un valor incalculable. Merece la pena observarlas una a una, con detenimiento.
Paula
EL JARDIN INTERIOR
Las paredes del viejo hospital parecían desvanecerse por arte de magia cuando caía la noche como el conejo blanco que desaparece de la chistera bajo el pañuelo de seda. Era entonces cuando la oscuridad se convertía en el único testigo del reencuentro entre Ángel y Estrella, pacientes de la planta de psiquiatría.
No siempre había sido así. Cuando ingresaron en el centro hospitalario, se pasaban todo el día juntos, pero la esquizofrenia de él y los trastornos alimenticios de ella precipitaron la decisión de trasladar a ambos a dicha unidad. Fue a partir de entonces cuando, incomunicados y separados por un jardín interior, Estrella transformó aquel espacio que los distanciaba en la vida real en un escenario imaginario. Allí se encontraban cada noche para protagonizar las increíbles historias que Ángel le había contado meses atrás.
Ángel, sin embargo, perdió la cabeza y la vida el mismo día que lo alejaron de Estrella, porque era incapaz de imaginar un presente sin ella.
Estrella, ajena a toda realidad, preguntaba cada mañana por él:
—¿Y Ángel?
Y a pesar de que siempre le respondían: «Ángel ya no está», ella sonreía y susurraba:
—Sí está, ya lo veré después.
Las paredes del viejo hospital reflejaban sus miradas vacías, casi diluidas en un espacio etéreo. Miradas perdidas de rostros ignotos.
Reflejos de reflejos, de una luz divina que las envolvía, que las llevaba a un perpetuo éxtasis de inacción, de mínima existencia, o peor aún, subsistencia. Ni siquiera la que zurcía fijaba la vista en el negro calcetín.
Todas esas mujeres del asilo, con un plúmbeo pasado, desolador presente e incierto futuro. Aisladas, en pequeños grupos o arremolinadas, pero siempre olvidadas. En torno a ellas gravitaba una atmósfera densa, un ambiente de melancolía.
Ni siquiera la hermana Patricia las miraba. Las paredes del viejo hospital no reflejaban su mirada. Su blanca e inmaculada toca constituía su único reflejo.
Sólo a las otras les bañaba esa luz divina de compasión, de conmiseración, porque ella no la necesitaba. Ella sí tenía nombre, pasado, presente y futuro elegido. Las demás, no, sólo posibilidad de redención. El insólito crucifijo era relicto elemento de esperanza. Todas le daban la espalda. Sus propios pensamientos constituían su amparo. No hacía falta ninguna mediación, sólo su poderosa mente que les hacía imaginar una vida mejor. La imaginación era una valiosa posesión, de hecho la única. Opípara riqueza.
Las paredes del viejo hospital esconden historias sorprendentes nada parecidas al desfile de enfermos y médicos de bata blanca...en la planta segunda de este edificio armonioso y equilibrado se está organizando una fiesta, mejor dicho, una verbena, como diría su anfitriona con invitados muy variopintos: alegres muchachas en busca de la atracción de la feria, el hombre invisible, aunque también las hay pensativas, esperando en la ventana con la mirada puesta en la mar al hombre de su vida...pero entre el bullicio y la jarana hay sitio para unos amantes disfrutando plácidamente en su hamaca a la luz de la luna...los hay tímidos y soñadores que se conforman con ver pasar este río de vida desordenado y bullicioso tumbados en la hierba verde y fresca, aunque algunos prefieren dar el espectáculo por sí mismos con una greguería en medio del parque en competencia con chotis y pasodobles... ¿Y qué decir de esa elegante dama vestida de azul paseando entre los viandantes recordando aquellas memorables tardes en la exposición universal de París? Todo un contraste con la preocupada y pensativa joven muchacha esperando ahora sentada junto a la ventana al hombre de su vida que no llega...
ATAÚLFO VIVE
Las paredes del viejo hospital hacían ruidos inusuales esa noche. Parecían más estrechas cada minuto. Desde el techo llegaba un leve crujido, lento y constante, como pasos cuidados sobre madera vieja.
Luis llevaba un mes trabajando en ese hospital abandonado. Le pagaban bien, nadie quería trabajar ahí por la noche. Él no creía en el mito de Ataúlfo. El fantasma que otros compañeros vigilantes de seguridad escuchaban otras noches solitarias de vigilancia.
Esa noche se oían gritos cerrados y desgarradores. Luis intentaba convencerse de que era el viento, aunque las ventanas estaban cerradas, “¿Dónde están los desalmados?”.
Sí, estaba escuchando voces. Se acercó a la pared de la que salían las voces, “Nada de lo que me dices me podrá consolar”, imploraba una voz que Luis pensó que era la de Ataúlfo.
El vigilante salió corriendo hacia la planta de abajo. En una pared de las escaleras volvió a escuchar voces que salían de otra pared, donde se sabía que había enterrados antiguos enfermos del hospital: “Dionisio, capataz. Petra, sus labores. Antonio, albañil. María, sus labores”.
Luis escuchaba su propia respiración. Se despertó exaltado. Había tenido un sueño. O una pesadilla, como la de Resines.
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ELLOS
Las paredes del viejo hospital donde ellos habitan; nos hablan de momentos, vivencias en yeso y pintura. La contemplación del arte y las sufridas experiencias de muchas vidas rotas, por el dolor y la angustia; se mezclan en el entorno.
Son testigos mudos para miles de visitantes que entre admiración profunda y pensamientos varios, se sienten observados. Unas veces fascinados, otras veces invisibles, con un grito sordo y lastimero quieren hacerse notar.
Unos se dan a conocer a través de la fotografía, para otros es un sueño; a veces lúcidos a veces oníricos. Sueños reales, despiertos, que se borran en la bruma del tiempo, de cualquier noche estrellada, cerrada y fría. Despidiéndose de las tinieblas, con un golpe seco de hierro forjado hasta el amanecer.
Nos quedamos a descansar, sabiendo que por la mañana, los ilusionados transeúntes observarán las maravillas artísticas; mientras nosotros los observamos desde lo alto. Sabiendo que nuestro tiempo es muy largo; demasiado eterno como nuestro descanso.
LA PARED
Las paredes del viejo hospital empezaron a discutir quién tendría la enorme responsabilidad de soportar el Guernica de Picasso, la pared de la sala segunda que iba a tener tal honor se emocionó mucho cuando supo que era ella la elegida, todas la escucharon decir unas palabras y estas fueron: compañeras, es para mí un honor portar este cuadro que tantos viajes ha hecho para al final quedarse sobre mí, sé que mucha gente vendrá a admirar este cuadro y aunque a mí no me admiren yo sé la gran función que estoy realizando y que sin mí no podrían admirar tal belleza, pero tampoco os decepcionéis porque no os toque llevar un cuadro importante o ni siquiera no llevar ningún cuadro, porque gracias a nosotras la gente puede disfrutar de este gran museo.
Emilia Vázquez
EL REINA SOFÍA, HOSPITAL DE ARTISTAS
Las paredes del viejo hospital, blancas y asépticas, conforman una arquitectura austera y de cierto recogimiento derivado de las numerosas galerías dispuestas alrededor del patio central. Una atmósfera pesada, posiblemente debida a su antiguo papel de sanatorio, actualmente transformado, lo impregna todo, y le otorga una significación dual: sanación, transformación y vida por una parte, y muerte y dolor por otra.
Todos los museos comparten ese dualismo al contar con un equipo de documentación, restauración y conservación que mantiene y alarga la vida de las obras de autores fallecidos hace siglos, a los cuales revivimos al apreciar su trabajo.
Esta dualidad es más notable en el Reina Sofía. La mayoría de los artistas contemporáneos expuestos que pertenecen a la Colección Permanente del museo, ya extintos, consiguieron que las viejas formas de entender estéticamente el mundo dejaran paso a otras más complejas; actuaron como cirujanos de obras tradicionales o clásicas utilizando su propio material quirúrgico: el nuevo enfoque artístico.
La incesante renovación del museo y sus obras hace del Reina Sofía un organismo vivo, especialmente el edificio Nouvel o la Colección Arte Contemporáneo: 1975-Presente, en la cuarta planta del edificio Sabatini.
MARFIL Y ÉBANO
Las paredes del viejo hospital nunca hubieran imaginado, aunque gozasen de esa facultad, que un día serían portada en la prensa de un buen número de países.
Ese hospital con recursos tan escasos y tan abundantes impactos de proyectiles en todo su contorno, nunca había llamado la atención de los medios de comunicación del resto del mundo, preocupados por sucesos más cercanos a sus intereses.
Y esas paredes fueron noticia por albergar el explícito mural artístico que recorría su humilde fachada narrando cronológicamente los avatares de su historia más reciente comenzando con grises imágenes bélicas y que culminaba con ese colorido y brillante símbolo de la paz.
El autor, tras los enormes esfuerzos físicos y académicos que habían conformado su peripecia vital, había regresado recientemente a su país, esta vez a bordo de un medio de transporte seguro, y había culminado su carrera artística ejecutando el mural merecedor de un prestigioso premio de artes plásticas de reconocimiento internacional. En su gesto orgulloso y apacible posando junto a su obra pugnaba el marfil de su sonrisa con su piel de ébano.
EN CASA DE MUSAS
fueron acogiendo pinturas aquel día del siglo pasado
en que se convirtieron en museo.
Fue en el año trece de este siglo
cuando yo conocí sus entresijos
con la mayor exposición hecha en España
de un pintor surrealista
que tenía un bigote puntiagudo muy llamativo
y que era amigo de Federico García Lorca.
Anteayer en el teatro español
vi “Una noche sin luna“
y aún recuerdo esas poquitas lágrimas
que cayeron de mis ojos
ante la representación del dolor de la pérdida
de un poeta granaíno tan excepcional
—¡Malditas guerras!
Un año antes
al iniciar mi jornada laboral de tarde
los compañeros del Romántico estaban alucinados
porque un médium inglés les había dicho que la imagen de una niña le había hablado a través de un retrato.
La pena es que ningún compañero de los allí presentes supo traducir el mensaje.
Y yo, que entiendo inglés bastante bien
me quedé con las ganas de saber lo que le dijo el retrato al inglés.
La niña era la hija del arquitecto del Puente de Vallecas también llamado Excalectric:
igual que el juego que todos los niños deseaban cuando yo era pequeña.
PARES O NONES
Las paredes del viejo hospital, hoy renovadas con Picassos, Dalís, Mirós, Grises, Mallos y demás pintores modernos y contemporáneos, aún conservan los ecos de aquel sabio profesor que desde 1892 y hasta 1922 fue catedrático de Histología, Histoquímica y Anatomía patológica en la Facultad de Medicina de San Carlos, conectada con el Hospital General de la Pasión. Su sabiduría le permitía contabilizar las muletillas que salpicaban su precisa explicación de la teoría de las neuronas cuando se la transmitía a los alumnos de medicina, a pesar de que ellos, distraídos del meollo del tema, apostaban al número de veces que él repetía la muletilla “¿me entienden?”... Aquel 25 de mayo de 1921, al finalizar la clase, saliendo del aula, sorpresivamente se giró hacia los alumnos y soltó una frase que los desconcertó: “Hoy han ganado los pares”. El sabio profesor, Santiago Ramón y Cajal, dominaba tanto la función fática del lenguaje como la función referencial.
Hasta aquí todos los relatos recibidos para el Primer Certamen de Microrrelatos convocado por la Gaceta Mayakovski. Como Jurado queremos señalar que dada la calidad y cantidad de microrrelatos que hemos recibido, no ha sido una tarea sencilla elegir al ganador. Ahora bien, decidnos: ¿creéis que hemos hecho una elección acertada? ¿O consideráis que hay otros participantes que se merecían más el premio? ¿A quién debemos exigirle que nos envíe más textos para la Gaceta? Os leemos en comentarios.
Recordad que este es el Primer Certamen de Microrrelatos. El primero de muchos. Y, si algo hemos aprendido de esta edición inaugural, es que la imaginación —como las paredes del viejo hospital— siempre deja espacio para nuevas historias.


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