SALA 1

El chico hizo cola pacientemente casi 40 minutos para entrar gratis al Museo. No tenía un plan concreto de visita, pero había oído que en la segunda planta estaba lo más destacado, así que subió directamente. Él siguió a los miles de personas que iban hacia el conjunto de salas 205. Una vez allí, había pensado ver sólo lo que le llamara la atención. Pasó de sala en sala; eran amplias, luminosas y estaban rellenas de gente que se apelotonaba delante de obras que reconoció, como el Guernica o Muchacha en la Ventana. No quería empujar ni ser empujado para tener un atisbo de las obras. Tampoco le pareció que fueran tan destacables. Pero era sólo su opinión.

De repente, por el rabillo del ojo izquierdo notó un aleteo rojizo; juraría que algo en ese cuadro se había movido. Sacó su móvil y lo miró de nuevo a través de la cámara. Era un cuadro pequeño. Nadie delante. Todo el mundo estaba frente al cuadro del muro opuesto, que no alcanzó a ver. Pensó que, tal vez, al ser un museo tan moderno, habían incorporado algún efecto óptico al cuadro, ¿con IA, quizás? Se acercó un poco más para verlo mejor. La pintura esbozaba unos pájaros rojizos y azules. No se movían, sin embargo. Seguramente se lo había imaginado, o tal vez la luz. De pronto los pájaros aletearon de nuevo, mostrando colores irisados, parecían colibríes, pero más hermosos. Ahora no había duda, se movían. “No puede ser”, se dijo. Sin embargo, era. Estaba maravillado, aleteaban en el cielo más luminoso que había visto nunca, y los pájaros lo invitaban a seguirlos. Sin pensarlo levantó la mano para intentar acariciar uno, y notó el aire distinto, fresco. Miró hacia abajo, ya no había losas de piedra, sino hierba y flores. Era increíblemente hermoso.


Pájaros rojos (1926), Max Ernst. Fuente: Museo Reina Sofía


El vigilante de sala, estirando el cuello, vio a un joven al otro lado de la sala que se acercaba demasiado al cuadro de Pájaros rojos. Trató de mandarle una advertencia telepáticamente, pero no funcionó. Inició, por lo tanto, el desplazamiento hacia el chico, cosa que no era tan fácil con tanto público. Pidió a dos señoras que no se apoyaran en la vitrina y, cuando llegó, no había nadie frente al cuadro. Miró en todas direcciones, el chico ya no estaba.


SALA 2

La Señora María tenía pensado hace tiempo visitar el Museo. Comió temprano, se arregló y se dirigió a Atocha caminando. Al llegar, el edificio le pareció enorme. Pero sabía muy bien por dónde empezar, había conseguido un plano en papel y había mirado la página web con su nieta.

La sala estaba vacía, excepto por una pareja que admiraba la Muchacha en la Ventana. La vigilante de pie, con los brazos cruzados, tenía la mirada fija en la pareja, por si acaso. A ella no parecía considerarla una amenaza, así que pudo instalarse tranquilamente delante del retrato. La primera vez que lo vio en un libro, le llamó la atención el parecido del retratado con aquel chico que conoció siendo joven. De cerca, el parecido era aún mayor. Seguramente era una tontería, pero era el motivo por el que había decidido ir al museo a ver el cuadro en persona. Se giró, a ver dónde estaba la vigilante. Parecía no perder detalle de la pareja (aunque también podía estar pensando que le tocaba descansar a las siete, y ya tenía hambre). Se atrevió, por tanto, a acercarse un poco más al retrato, quizás demasiado, porque tuvo la impresión de que el hombre del retrato la miraba directamente. “Debe ser efecto del reflejo del cristal de protección”, pensó la Señora María. “Ah, no, si no tiene cristal...”. Acercó un poco la mano (no pensaba tocar el cuadro) y al mirársela vio que no tenía ni las manchas ni las arrugas habituales, eran unas manos jóvenes, SUS manos, pero jóvenes. No podía creerlo. Sin tener tiempo de pensar, vio que el hombre le ofrecía su mano, al tiempo que le sonreía cálidamente. Ahora no tenía ninguna duda, era él. Lo sabía, era él. Sin dudar, se aferró firmemente a aquella mano, y subió lo que le pareció un escalón. Y allí estaba, en un salón acogedor y abrigado, con un gato siamés durmiendo tranquilamente en el sofá. Y supo que nunca más estaría sola.


Joven del gato (1916), Olga Sacharoff. Fuente: Museo Reina Sofía


La vigilante, al ver que la pareja por fin se alejaba del cuadro de Dalí, buscó a la anciana que había visto delante del retrato de la otra sala. Nadie. “Mejor”, se dijo, y se sentó en su silla.


SALA 3

Era sábado y sabía que, a última hora de la tarde, más o menos a las siete y cuarto, desfilarían delante de él cientos de personas, lo mirarían y se pondrían a hacer muecas o pondrían sonrisas afectadas delante de sus dos espejos. Luego apuntarían con sus modernos teléfonos y se sacarían una foto, o mil.

Había visto y soportado muchas cosas durante tantos años. Cuántos... quién sabe. Había perdido la cuenta. Pero eso de las muecas y las fotos era lo que más le ponía de mal humor. Aunque había varias cosas que le molestaban, a decir verdad: le tiraban de las aldabas, tocaban sus recortes de periódicos y láminas y, sobre todo, apuntaban continuamente con sus dedos índices, señalando y señalando los retratos de artistas y escritores que adornaban su superficie. Se preguntó de qué les servía tener el lenguaje, si tenían que seguir sacando los dedos. A veces deseaba tener boca para pegar un buen mordisco a alguno de esos dedos impertinentes. “Demasiado tiempo solo”, pensó.

De repente, apareció un niño de ojos enormes, serio y tranquilo. Había algo en él distinto a los que solían venir. Iba con sus padres y un cochecito con un bebé, un hermano o una hermana pequeña, supuso. Como muchas otras veces, probó a hacer que el pájaro que decoraba su parte izquierda, aleteara. Muy pocas veces alguien lo veía, y quien lo veía lo desechaba inmediatamente, pensando que era imposible. Pero esta vez aquel niño enseguida miró, abriendo más sus ya grandes ojos. Estaba sorprendido, pero seguía tranquilo. Se le notaba intrigado. Miró a su alrededor para comprobar si alguien más había visto lo mismo. Los adultos pasaban a su lado con la nariz metida en sus teléfonos, o buscando el Guernica como posesos, apresurando el paso. Miró a sus padres, cada uno mirando su teléfono, y el bebé dormía. Nadie. Cuando el niño volvió a fijar su mirada en él, hizo que el monito pequeño diera un salto. Funcionó. El pequeño sonrió en silencio, divertido y maravillado. Se acercó a esas dos tablas extrañas y decoradas, un poco puertas y un poco ventanas. En ese momento había tanta gente en la sala que nadie lo vio poner el piececito en la pared, agarrarse a la aldaba y dar un salto. Una mano rugosa lo sostuvo y lo hizo pasar a través de uno de los espejos, feliz de haber encontrado a alguien con quien conversar, a quien contar cuentos e historias: todas las maravillas atesoradas durante tanto, tanto tiempo.


Panel-Ventana de Gómez de la Serna. Fuente: Redacción

El pequeño ni siquiera miró atrás, corrió a perseguir al monito. Sus padres seguían mirando el teléfono.


Dolores Gutiérrez Castro


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