100 metros sala: La filosofía y su fondo
En la sala 205.14 encontramos la pintura Cueva de guanches, una de las obras más importantes del pintor surrealista canario Óscar Domínguez. Un cuadro que consta de dos partes bien definidas. En la franja superior encontramos la parte racional del mismo, con un pescador de espaldas —cuya figura es considerada un autorretrato— que mira al horizonte evitando mirar el suelo sobre el que se apoya. Y ahí, en la zona inferior, aparece la parte surrealista del mismo, donde aparecen varios seres deformes que encarnan esas pulsiones profundas y podemos intuir en una figura situada a la izquierda el pasado aborigen de las Islas Canarias.
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| Cueva de guanches (1935). Fuente: Museo Reina Sofía |
Domínguez pintó este cuadro con sentido crítico hacia aquellos que pretendían ignorar la época antigua del archipiélago canario, hacia aquellos que se mofaban de sus antepasados, y por eso los recreó como si fueran seres amorfos, para evidenciar el menosprecio ajeno. Y quizá Domínguez, al dirigir su mirada al infinito, quería mostrar el deseo de otros de abandonar su tierra. Tal vez con la intención de cruzar el océano hasta Nueva York, o puede que buscando otro lugar que compartiese su forma de entender la vida, como Bilbao.
El Athletic Club de Bilbao se ha convertido en un club que presume de una tradición y de una herencia sobre la que se sustenta la institución. Un modelo único del que alardear. Una cantera como Lezama que, en teoría, nutre al primer equipo de jugadores formados en casa. Un ideal de pureza. Pero a poco que se escarbe, a poco que se meta la cabeza en la cueva, el mito comienza a desmoronarse.
El Athletic vive de espaldas a su propio subsuelo, orgulloso de una filosofía que, cuando se ilumina, muestra un sistema mucho más complejo de lo que se cuenta. Porque fichajes como Javi Martínez o Adama Boiro, entre otros muchos, demuestran que Osasuna se ha convertido en su cantera externa. Porque el hecho de que jugadores como Llorente o Laporte hayan vestido de rojiblanco indica que los límites de Euskal Herria pueden expandirse según convenga. Porque cualquier grado de consanguinidad, cualquier antepasado que se haya dejado ver por Bilbao, es suficiente para justificar ser vasco. A estas alturas, cabe preguntarse qué resquicio habría permitido que Messi o Cristiano hubiesen jugado en el Athletic, dado el caso.
Al igual que sucede con el pescador que mira sólo al frente y elude bajar la mirada, el Athletic se siente cómodo pescando en la superficie —y en las canteras de los alrededores—; sin embargo, cuando mira hacia abajo, le entran vértigos. Vértigos al atisbar que su esencia se basa en reinterpretar un concepto para adaptarlo a la máxima competición. Si bien es cierto que cualquier equipo de pueblo puede conformar una alineación con jugadores locales, poder hacerlo en la Champions League lleva aparejado un esfuerzo de imaginación. Es decir, lo que en los tiempos modernos se considera postureo.
El Athletic lleva desde 2015 entregando el One Club Award, un galardón que distingue a aquellos futbolistas que han desarrollado su carrera en un mismo club. Una lástima que muchos de sus “canteranos” no vayan a poder optar a tan digno reconocimiento. O tal vez sí, porque si rehuimos bajar la mirada, como el pescador de Domínguez, cualquier candidato es posible. Ya se sabe que en el amor y en la guerra todo vale. Y en Bilbao, también.
Miguel González

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