Estimada Srta. Trancis,

Ha llegado el momento de pedirle consejo porque hay algo que me desasosiega y me perturba por dentro. Algo que hace que, llegado cada viernes por la tarde, comience a transpirar, el pulso se me desboque y pierda el apetito, la fe e incluso las ganas de vivir.

Resulta que hay un grupo de vigilantes —entre los que me incluyo—, que, cada sábado, estamos condenados a vigilar la siempre concurrida sala 205. Algo que, sabiendo de antemano que se nos ha asignado la segunda planta, produce en nosotros cada viernes por la tarde un profundo desencanto.

Todo empezó allá por el mes de junio; sin embargo, no ha sido hasta estas últimas semanas cuando nos hemos percatado de que siempre coincidimos los mismos nombres y las mismas caras en el Guernica y sus salas adyacentes: la famosa manivela, la maqueta de una exposición que hubo en París, Un mundo de Ángeles Santos, y, lo peor de todo, esa sala donde se encuentran el Enigma sin fin y El gran masturbador de Dalí.

Hemos estado reflexionando sobre qué podemos hacer para escapar de ese infierno en vida en el que se convierten esas abarrotadas salas, mas no encontramos una solución que nos satisfaga a todos. Alguien planteó que hiciésemos una huelga de brazos caídos —en nuestro caso de traseros aposentados—, pero hay vigilantes que aún conservan un gran respeto por tan noble institución. Aunque otros lanzaron la idea de realizar algún tipo de acto reivindicativo, el simple riesgo de poder convertir nuestra acción en una performance nos hizo desistir. Algún osado ha valorado incluso comentárselo a los jefes, pese a conocer de sobra las desalentadoras respuestas que han dado a otros compañeros en situaciones parecidas.

Dígame, Srta. Trancis, ¿qué podemos hacer para romper ese bucle que cada sábado nos conduce irremediablemente a vigilar la sala 205?

Reciba un afectuoso saludo desde algún recóndito lugar de esa dichosa sala.


Una vigilante que conoce cada pelusa de la sala 205


Imagen generada con IA

Mi muy estimada conocedora de pelusas:

Recibo su carta con el corazón lleno de comprensión y una sonrisa indulgente. Sé bien lo que es sentir que los viernes por la tarde se conviertan en un presagio, y que la llegada del sábado traiga consigo un hervidero de visitantes que no saben mantener las manos en los bolsillos.

Es cierto que hay días en que uno siente que está atrapado en un bucle interminable. La sensación de vivir en un Día de la Marmota museístico, y la manera de escapar de ello es abrazar el absurdo: si la vida le da visitantes molestos, no haga limonada, transforme la situación en un juego de astucia y creatividad.

  • Podrían, por ejemplo, colocar sillas altas, como las de juez de tenis, equipadas con un micrófono, desde donde puedan observar a todos los visitantes. Así, cada vez que alguien intente tocar lo que no debe, bastará un rotundo “¡NO!” desde las alturas para devolver el orden.
  • Si la situación requiere aún más control, podrían imaginar un pequeño vallado electrificado, similar a los que se usan para el ganado, que no haga daño pero sí advierta con un zumbido o una señal luminosa cada vez que alguien se acerque demasiado. 
  • Y, para los momentos de mayor saturación, se podría recurrir a una estrategia de teatralidad absoluta: un foco dirigiría su luz directamente sobre el infractor, envolviéndolo en un calor tan intenso que pronto comenzaría a sudar como si acabara de correr una maratón en pleno Valle de la Muerte. 

Querida amiga, comprendo que la sala 205 pueda parecer un reto insalvable, casi una broma cósmica que se repite con puntualidad exquisita cada sábado. Sin embargo, permítame señalarle, con todo el afecto que merece su detallado conocimiento de pelusas, que tal vez no nos hallemos ante un misterio digno de ser resuelto, sino ante algo mucho más terrenal y, me temo, menos emocionante: su trabajo. Sí, ese mismo que, en un alarde de previsibilidad casi ofensiva, implica estar donde le dicen que esté, el día que le indican, vigilando exactamente aquello que le asignan. Qué descortesía por parte del destino, ¿verdad?, no adaptar los turnos a nuestras preferencias espirituales ni a nuestras filias dalinianas.

De modo que, si me permite un consejo verdaderamente revolucionario, casi subversivo: quizá la salida del bucle no consista en escapar de la sala 205, sino en asumir que, por ahora, le ha tocado habitarla. Y quién sabe, con el tiempo, hasta podría llegar a echar de menos a ese querido enjambre de visitantes, a esas obras ya íntimas y, por supuesto, a cada una de sus entrañables pelusas.

Con afecto, admiración y pelusas,


Srta. Trancis





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