Diván del Reina: El desayuno eterno
Admirada Srta. Trancis,
Le escribo porque en las últimas semanas los vigilantes estamos viviendo una serie de cambios que nos entristecen profundamente, aunque nos duela admitirlo. Unas alteraciones que han transformado un lugar donde éramos recibidos como auténticos héroes en un sitio donde parece que tratan de ignorar nuestra presencia.
Resulta que en NuBel, el restaurante del Museo, han variado la forma de atender al gremio de los vigilantes. Hace no mucho tiempo, ir a NuBel era como hacer una visita a un amigo de verdad, uno de los que te hace sentir como si estuvieras en tu casa: nos acogían con amabilidad y simpatía, se preocupaban por brindarnos un buen servicio, eran ágiles y efectivos a la hora de servirnos… Un verdadero paraíso gastronómico, digno de los paladares más sofisticados. Tanto es así, que hay muchos compañeros a los que no les disgusta madrugar un poco para pasar por NuBel antes de entrar en el Museo y empezar el día con fuerza.
Algunos habíamos convertido NuBel en nuestra segunda residencia. Era ese oasis de paz que nos permitía tomar un refrigerio en el descanso de nuestra siempre ajetreada jornada laboral. Sin embargo, en poco tiempo algo ha cambiado. Todo lo que antes era digno de alabar se ha convertido en una odisea para nosotros. Cuando pides mesa, aun viendo que hay muchas de ellas vacías, te asignan la peor. Pides un desayuno y ni siquiera puedes saborearlo porque tardan quince minutos en servirte. Y lo peor no es eso: es el desdén con el que nos tratan, la indiferencia que, sin ningún disimulo, nos muestran
Dicen los rumores, que los cambios se deben a que recientemente ha entrado una empresa nueva a gestionar el restaurante. Otros insinúan que el motivo es que el color oscuro del nuevo uniforme nos hace pasar desapercibidos debido a la escasa iluminación que hay en el restaurante.
Cuénteme, Srta. Trancis, ¿pueden ser, acaso, ciertas estas habladurías que recorren los pasillos? ¿O hemos abusado los vigilantes del buen servicio que nos ofrecían los camareros?
Esperando su acertada respuesta,
Cecilio Penas
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| Imagen generada con IA |
Adorado Cecilio Penas, mártir del desayuno tibio y la mesa coja:
He leído su misiva mientras una cucharilla giraba sola dentro de una taza vacía, exactamente como si intentara invocar al espíritu de desayunos mejores, aunque, visto el panorama, llegaría para la merienda. Qué tragedia la suya: de héroes del amanecer a figurantes invisibles en el drama cafetero. Si esto no es material digno de epopeya, que baje el mismísimo Juan Valdés y lo vea.
Vamos por partes, como haría un camarero diligente en una dimensión paralela. Esa nostalgia suya por el pasado idílico (donde el croissant crujía, el café humeaba y ustedes eran tratados como reyes visigodos) huele ligeramente a romance exagerado. No digo que mienta, pero todos sabemos que la memoria humana es una señora muy teatral: siempre añade más vapor al café y más brillo a la mantequilla.
Ahora bien, que le sienten en “la peor mesa” pese a haber un páramo de sillas vacías tiene menos de misterio conspiranoico y más de pereza organizativa con un toque de “a ver si no se quejan”. Y lo de los quince minutos por un desayuno… querido Cecilio, eso no es un retraso: es una peregrinación interior. A los ocho minutos uno aún conserva la esperanza; a los doce empieza a contemplar la posibilidad de cultivar el café; a los quince ya escucha, muy a lo lejos, un acordeón triste interpretando “La vie en rose” detrás de la cafetera.
Sobre los rumores: que si nueva empresa, que si el uniforme oscuro los vuelve invisibles… Mire, si de verdad un grupo de adultos uniformados desaparece absorbido por la penumbra de una cafetería, ustedes no están desayunando, están participando involuntariamente en una performance subvencionada por el Ministerio de Cultura. Y sinceramente, no descarto que en cualquier momento aparezca una señora muy seria explicando que ”la ausencia de café simboliza la fragilidad del vínculo contemporáneo”.
La explicación real, tristemente, suele ser menos poética y más pegajosa: nueva gestión, menos personal, más prisas, menos cariño y una coordinación digna de una bandada de palomas discutiendo sobre existencialismo. No hay castigo celestial ni maldición de la tostada integral. Solo esa gris mediocridad operativa que avanza silenciosa por cafeterías y buffets como una niebla con delantal.
Ahora bien, tampoco descartemos su segunda hipótesis, porque el ser humano, querido Cecilio, posee un talento extraordinario para acostumbrarse al privilegio. Tal vez ustedes (sin mala intención, como emperadores romanos del desayuno subvencionado) acabaron considerando natural ocupar la mesa durante horas mientras el camarero envejecía lentamente a pocos metros de distancia. Es posible. El alma humana tiene esas pequeñas arrogancias acolchadas.
Mi consejo, querido custodio de cafés perdidos:
- Reclamen con cortesía, pero con esa firmeza elegante de quien podría, si quisiera, escribir una carta al director en papel perfumado.
- Varíen de cafetería de vez en cuando. La fidelidad absoluta solo la merecen los gatos callejeros que deciden adoptarnos y las croquetas de nuestra madre.
- Y no conviertan el pasado en una catedral de espuma y mantequilla, ningún desayuno fue tan glorioso como uno lo recuerda hambriento a las diez de la mañana.
Si todo falla, siempre les quedará el noble termo. No es glamuroso, pero tampoco le mira con desdén.
Con afecto ligeramente cafeinado,
Srta. Trancis

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