El Reina Viajero: Vacaciones Santillana
«El espacio, la última frontera. Estos son los viajes de la nave estelar Enterprise...», así daba comienzo una de mis series favoritas de la adolescencia. Debo aclarar, en un ineficaz rapto de coquetería, que me enganché directamente a la segunda entrega, Star Trek: la nueva generación, de 1987. Siempre perteneceré a la tripulación al mando de Jean-Luc Picard. Kirk es demasiado boomer para mí. O al menos eso dirían los chavales que ahora tienen la edad que yo tenía en aquella época. Esos años en los que, a mitad de la tarde, cambiábamos los deberes por un bocata de Nocilla, listos para vivir otra aventura en un mundo extraño y peligroso más allá de las estrellas.
Ninguna nave ha sido tan viajera como la Enterprise, así que se ha ganado a pulso su rincón en esta última frontera que es El Reina viajero. Especialmente hoy, cuando la cultura geek —antes marginada y vilipendiada— vive un idilio tórrido y eterno con la cultura pop. Es la revancha de los novatos de la clase frente a los listillos populares, que por fin abandonan sus remilgos. Una trama digna de aquellas tontorronas comedias ochenteras del Patrick Dempsey jovencito, mucho antes de convertirse en el doctor fucker de Anatomía de Grey.
No, no me he vuelto loco, aunque algunos lo estaréis pensando a estas alturas. Y sí, para los que lo hayáis adivinado: el viaje de hoy es al pasado. Seguidme.
Algo que me fascinaba de la nave Enterprise era su sala de teletransporte. Los protagonistas se situaban en un área circular, un sonido cristalino acompañaba a un haz luminoso y eléctrico, y Jean-Luc y los suyos aparecían de la nada en cualquier parte del planeta de turno. Y, precisamente, lo mismo que me fascinaba entonces me irrita profundamente hoy en lo que respecta a los viajes.
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| Imagen generada por IA |
Gracias a la tecnología aeronáutica, en menos de una hora te plantas en Valencia; en poco más de dos, en Roma o París; y en cinco, en Egipto. Hemos inventado el teletransporte, sí, pero obviando el suplicio inquisitorial de la facturación, el overbooking, los controles de seguridad y los retrasos. ¿Dónde ha quedado, entonces, aquella necesaria sensación de viaje, de que el propio viaje era el fin, y no un medio burocrático para llegar a alguna parte?
Entiendo que el turista cuyo único deseo es amarrarse a la tumbona de un resort mientras le sirven, una tras otra, jarras de caipiriña adulterada, y acabar ebrio antes de asistir al decadente show nocturno del complejo, no tiene en cuenta estas disquisiciones esnobs. Pero, entonces..., ¿hace falta gastarse el sueldo de dos meses y recorrer ocho o diez mil kilómetros para acabar haciendo eses en un campo de prisioneros con vistas a las costas de Tailandia o Yucatán?
John Ruskin, el célebre crítico de arte, dijo una vez: «¡Los hombres no han visto gran cosa del mundo yendo lentos, así que podemos figurarnos lo que verán yendo rápidos!». Sus palabras fueron proféticas. Siglos antes, en sus famosas Cartas a su hijo, lord Chesterfield le recordaba a su vástago —empantanado por la avería de un carruaje en mitad del camino— que el Grand Tour, con sus sinsabores y delicias, era una lección moral. Una gran metáfora del viaje de la vida. Parece evidente que las saturadas experiencias fast food de nuestros tiempos son una metáfora todavía mayor.
Los que no disponíamos en nuestra infancia de poder adquisitivo ni de progenitores capaces de organizar un nécessaire de voyage en carruaje o barco de vapor, no podíamos hacer el Grand Tour. Tampoco validar con la klassische land de Goethe la educación de papagayo con alzhéimer que potenciaba la EGB. Nosotros contábamos con un Seat 850, un 124 o un 131 Supermirafiori, la versión premium de la misma miseria. El conjunto se completaba siempre con la presencia innegociable de un hermano pequeño. La abuela era opcional.
La primera prueba tenía tintes míticos: «El desafío de la impenetrabilidad de la materia». El maletero poseía un volumen fijo e invariable; las maletas, los objetos inútiles y los bultos blandos de última hora que rodeaban el coche como groupies fosilizadas no opinaban lo mismo. El trabajo hercúleo de mi padre consistía en forzar la cuadratura del círculo. Adelantándose al Tetris, lograba que todo adoptara geometrías imposibles para poder cerrar la portezuela; las sombrillas eran enemigas tenaces. El lamentable espectáculo de padres e hijos dando empujones, saltitos o sentándose a trompicones sobre el capó trasero no tenía precio. Era el lúgubre augurio de lo que aguardaba en la carretera.
La segunda prueba era científica: «La jodienda de la relatividad del tiempo». Daba igual madrugar a las cinco y que tu madre te frotara las legañas con un cepillo de púas de acero o vestirse a toda pastilla olvidando aquel Famobil que tanto te gustaba o las gafas de bucear de Mazinger Z. El resultado era inmutable: la canícula siempre te atrapaba en mitad de los Monegros, Écija o Quintanar de la Orden.
La tercera prueba era más prosaica: sobrevivir entre paradas. Algún mad doctor en plena euforia maligna —probablemente el creador del zumo de naranja que Iberia ofrecía gratis en sus aviones— pensó que era buena idea forrar los asientos de escay. Las gotas de sudor resbalaban por la espalda como las lágrimas en la lluvia de Roy Batty, hasta remansarse en un enojoso charquito allá donde la espalda pierde su casto nombre. Llegaba un momento en que asiento, camiseta y piel se fundían atómicamente. Ya no sabías qué pertenecía a quién.
Si alguna vez existió una pregunta filosófica que no constituye un pie de página a la obra de Platón, fue la siguiente: «¿Cuánto queda?», pronunciada por un niño a los diez minutos de partir. Una vez que tu padre desataba el averno con las rancheras de Vicente Fernández, tu hermano saboteaba el viaje con su «¿a qué jugamos?» y una lengua de fuego exterior te borraba las cejas al abrir la ventanilla, solo quedaba aquella pregunta. Tal vez la más existencial de todas. Solo los niños cuyos padres no fumaban eran capaces de creer en Dios dentro de un coche.
Pero todos esos sinsabores eran de los que hablaba lord Chesterfield: te enseñaban a resistir y adaptarte, alimentaban al pequeño estoico que llevabas dentro. En las casas de comidas alternabas con camioneros malhablados que enriquecían tu vocabulario mientras mojabas pan de hogaza en los huevos fritos. El paisano al que preguntabas por un desvío y te describía la pesadilla de Dédalo con acento de Cádiz, ampliaba tu comprensión espacial y lingüística. Extraías una sabia lección al descubrir que los objetos del maletero no se resistían a salir, al contrario de lo que sucedía en el momento de su encierro.
Por si todo esto no fuera bastante, cuando al fin llegabas a tu destino y percibías el inconfundible olor a mar —que espejeaba asomándose tímidamente entre los edificios de primera línea de playa— y te llegaba el atronador traqueteo de las atracciones itinerantes mezcladas con la música de verbena, tus padres te ponían encima de la mesa el invariable cuadernillo de Vacaciones Santillana. Un volumen lleno de ejercicios sobre las mismas cuestiones que te habían atormentado durante el curso escolar. «Y hasta que no hagas tres o cuatro páginas no sales», sentenciaban. Uno se agarraba siempre al número menor, claro.
Y era en aquellos momentos, mientras volvía a estrujarme la mente con las raíces cuadradas y las mitocondrias, cuando mi imaginación regresaba una y otra vez a la USS Enterprise. Me sentaba en el sillón de mando del puente y, como el capitán Jean-Luc Picard, extendía el brazo y exclamaba: «Adelante». Luego me dirigía a la sala de Miles O’ Brien para que me enviara a la superficie del planeta.
Y entonces la sorpresiva colleja de mi madre me devolvía de inmediato al cuaderno, a los quebrados y a las capitales del mundo sobre un mapa político que muchos años después tendría la suerte de recorrer en gran medida, como la Enterprise.
Pero, en aquella época, la colleja era nuestro humilde modo de teletransporte.
Felices vacaciones a todos, nos vemos en septiembre.

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