Ya hay fecha: 19 de septiembre.

Y con ella, un fenómeno extraordinario que la ciencia todavía no ha conseguido explicar. Hay personas para las que julio y agosto significan playa, terrazas, pueblos, festivales o siestas interminables. Y hay otras que, desde hace unos días, en cuanto leen "19 de septiembre", empiezan a hacer cálculos sobre cuántos temas caben en dos meses, cuántos psicotécnicos pueden resolver antes de desayunar y si aún recuerdan la diferencia entre un Bruegel y un Bosco a veinte metros de distancia.

Hace poco más de un año muchos pasaron por ese pequeño suplicio llamado oposición para vigilante de sala del Museo del Prado. La memoria, dicen, es selectiva. No es verdad. La memoria del opositor no olvida. Solo espera el momento adecuado para recordarte que hubo un tiempo en el que resolvías psicotécnicos en el autobús, repasabas cronologías mientras hacías la compra y sospechabas que cualquier conversación podía esconder una pregunta de examen.

Juraste que nunca más.

Nunca más series numéricas.

Nunca más cubos desplegados.

Nunca más aprenderte todas las preguntas del Trivial "por si acaso".

Nunca más escuchar los concursos del podcast "Desayunos en el Prado" con la concentración de quien está descifrando el Código Da Vinci.

Nunca más entrar en el museo o vigilar salas del mismo leyendo compulsivamente cada cartela, convencido de que precisamente esa, la que nadie mira, será la que aparezca en el examen.

Y, sin embargo, aquí estamos otra vez.

Porque ya hay fecha.


Imagen generada por IA


Y de repente, dos meses que deberían ser de vacaciones se transforman en una especie de retiro espiritual del opositor. Mientras media España discute cuál es la mejor playa del Mediterráneo, cientos de aspirantes debatirán si es mejor hacer primero los psicotécnicos o repasar pintura flamenca. Mientras unos coleccionan puestas de sol, otros coleccionarán test fallados. Mientras unos vuelven morenos en septiembre, otros volverán con un conocimiento casi sobrenatural de la colección permanente del Prado.

El visitante contempla Las Meninas.

El opositor contempla el tamaño de la cartela.

Hay algo profundamente cómico en esa transformación. El cerebro empieza a funcionar de maneras extrañas. Ya no paseas por el museo: patrullas. Ya no observas cuadros: identificas autores, escuelas, cronologías y técnicas. Ya no escuchas un podcast: entrenas el oído. Y cualquier pregunta absurda que aparezca en un concurso de la radio deja de ser absurda, porque existe una posibilidad, por remota que sea, de que acabe formando parte de tu futuro.

Lo extraordinario es que nadie disfruta realmente de este proceso... y, sin embargo, todos acaban desarrollando una extraña relación de cariño con él. Porque opositar no consiste solo en estudiar. Consiste en estudiar cuando ya no quieres estudiar. En repasar cuando jurabas que no volverías a abrir un tema. En seguir haciendo psicotécnicos hasta que empiezas a detectar patrones geométricos en el suelo del supermercado.

Y entonces llega el examen.

Y sí, cuando se aprueba, todo cobra sentido. Merece la pena. Muchísimo. La estabilidad laboral, la satisfacción del objetivo cumplido y el privilegio de trabajar cada día rodeado de algunas de las obras más importantes de la historia del arte compensan muchas tardes encerrado mientras fuera hace treinta y cinco grados.

Pero esa no es toda la historia.

Porque las listas de aprobados nunca cuentan lo que ocurre al otro lado.

Mucha gente excelente se queda por el camino. Personas preparadísimas, constantes y generosas que han hecho exactamente el mismo sacrificio, que también han renunciado al verano, que también han llenado cuadernos de apuntes y tardes enteras de psicotécnicos. A veces la diferencia es una pregunta. Una décima. Un mal día. O, sencillamente, que había menos plazas que personas merecedoras de ocuparlas.

Y duele verlos pasarlo mal.

Quizá esa sea la única parte del proceso que no tiene ninguna gracia.

Por eso, ahora que el calendario ya señala el 19 de septiembre, solo queda enviar un poco de ánimo a quienes empiezan otra vez la cuenta atrás. Habrá días en los que parecerá que no entra nada más en la cabeza. Habrá momentos en los que hasta los marcos de los cuadros hagan preguntas. Habrá tardes en las que el verano se intuya al otro lado de la ventana mientras uno intenta recordar una fecha imposible o resolver el psicotécnico número dos mil.

Paciencia.

Al final, cuando todo pase, volverán al Prado. Esta vez sin miedo a olvidar una cronología, sin necesidad de memorizar una cartela y sin convertir cada cuadro en una posible pregunta de examen. Podrán detenerse simplemente a mirar.

Que, en el fondo, era de lo que siempre se trató.

Aunque, por si acaso… tampoco estará de más echar un último vistazo a la cartela.

Mucho ánimo a todos.


Aunque todo arda

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