He de decir que mi elección por estos autores se debe a que considero que ejemplifican muy bien los temas pictóricos que quiero tratar: lo divino y lo humano, lo sacro y lo pagano, y sus diferentes connotaciones respecto a la vida y a la muerte.

Cada vez que voy al Museo del Prado no puedo evitar la contemplación de La Trinidad de El Greco, y algo similar me ocurría con La vendedora de flores de Diego Rivera, cuando estaba expuesta en el Museo Reina Sofía. Ambas han logrado superar en mí el estadio de la observación y del análisis, y se han convertido en dos pinturas parlantes por sí mismas, a las que yo presto la máxima atención.

La Trinidad de El Greco formaba parte del retablo que se hallaba en el Monasterio de Santo Domingo, en Toledo. Sus grandes dimensiones se deben al lugar que ocupa en dicho retablo, el ático, desde donde tenía que ser vista, y fue pintada entre los años 1577-1579. Es importante tener en consideración que para esa fecha el Concilio de Trento ya había reafirmado la doctrina trinitaria frente a la Reforma protestante.


La Trinidad (1577-1579), El Greco. Fuente: Museo del Prado


La escena principal está constituida por Dios Padre representado por una figura barbada, anciana y entronizada; vestida con túnica y capa, y portando la mitra, todos elementos humanos que le hacen reconocible. Sus manos avejentadas sostienen a su hijo muerto, el verbo hecho carne según San Juan, de cuerpo musculado, casi miguelangelesco, muy estilizado a la manera manierista, y definido a través de curvas y contracurvas con las que se muestra un peso muerto dejado caer por su estado. Ambas figuras, junto con los ángeles, están apoyadas sobre una nube, algo inquietante y tormentosa debido a su tono blanco-grisáceo.

En la parte superior nos encontramos con el Espíritu Santo, representado en forma de paloma, dentro de una luz dorada, que refleja el carácter sagrado de toda la composición y origina el contraste de luces y sombras.

Las figuras principales expresan un dolor muy contenido. La naturaleza divina de Dios impide que su rostro enjuto pueda mostrar algún signo de sufrimiento, a excepción de la mirada dirigida a su hijo, junto con su gesto y actitud. Esta naturaleza divina se entiende mejor si comparamos la actitud de Dios Padre con algunas de las diferentes piedades, en las que la Virgen suele estar representada sujetando el cuerpo de Cristo, pero abatida por el sufrimiento, dada su naturaleza humana.

Cristo, el verbo hecho carne, presenta leves signos de la pasión y su rostro se asemeja más al de una persona dormida. El mismo tema lo trata José Rivera, cuya obra también se halla en el Museo del Prado, pero el desgarro que produce ante la observación de tal escena, profundamente barroca, es mayor debido a la evidencia de los signos de la pasión.

Volviendo a La Trinidad de El Greco, los ángeles son los que mejor expresan el padecimiento a través de sus rostros, la relación que mantienen entre ellos delante de Dios Padre y Cristo, y su estilización manierista.

Muy importante en la obra es la utilización de colores de tradición veneciana, fríos como son los verdes, azules o violetas, frente a colores cálidos como el amarillo o el rojo, lo que origina en el conjunto de la composición una atmósfera algo inquietante por contraste.

Al analizar esta pintura sacra y encontrarnos con el cuerpo de Cristo muerto, pálido y casi marmóreo, en referencia a su naturaleza humana, no podemos obviar que toda la Pasión sufrida por la redención de nuestros pecados finalizó en su resurrección, y a través de la fe puesta en él, la salvación del ser humano. En otras palabras, el mensaje que transmite la iconografía cristiana de esta obra es positivo: a través de la muerte, y mediante la fe, se alcanza la vida eterna; como positivo es también el verdadero acto de amor del Padre sosteniendo al hijo.

La vendedora de flores, que se encuentra en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, es una pintura realizada por Diego Rivera en el año 1949. El título lo encontramos repetido en otras de sus obras realizadas en 1934 y en 1942, esta última también conocida como La cargadora de flores, pero las interpretaciones son diferentes de las cuadro que nos ocupa.


La vendedora de flores (1949), Diego Rivera. Fuente: Museo Reina Sofía


Lo primero que nos llama la atención es la elección de la figura principal, representada por una mujer que porta un gran ramo de alcatraces en sus brazos y carga a sus espaldas un enorme cesto repleto de este tipo de flores blancas. El personaje lo podemos relacionar con la diosa romana Ceres, adaptando la iconografía clásica a la sociedad de su tiempo, es decir, aparece vestida conforme a los gustos populares, sencillos y austeros, cargando los lirios de agua, de color blanco y tallo verde intenso que simbolizan la belleza, la pureza y la feminidad, los cuales sustituyen a las espigas; es la diosa de la agricultura, la abundancia, la madre tierra. Los tres niños a sus pies, descalzos y vestidos de forma muy simple, dos de ellos arrodillados a manera de veneración, acentúan el carácter divino, femenino y maternal de la figura principal.

La vendedora de flores y sus alcatraces ordenan la disposición del resto de los personajes haciendo que los volúmenes se equilibren, es decir, actúan a manera de eje de simetría, un poco irregular, armonizando el peso de la composición tanto a su derecha como a su izquierda. El punto de vista de la representación es alto, lo cual nos permite observar la escena al completo.

El foco de luz procede de la zona derecha del personaje principal, la vendedora, y se ve potenciado por el blanco de las flores. La penumbra, cargada de cierto misterio, la percibimos en los ángulos superiores izquierdo y derecho de la composición, y nos conecta un poco con el tenebrismo de Caravaggio.

El movimiento es sutil y contenido, logrado a través de distintas formas onduladas, actitudes y posturas, incluidos los escorzos.

Todos los elementos vistos hasta ahora contribuyen a crear un ambiente teatral de colorido vivo y luminoso, en el que juega un papel importante la comunicación entre los distintos personajes y la sutil complicidad que queda reflejada entre ellos. Es importante prestar atención a las miradas directas de los rostros que se hallan situados en la parte superior, en segundo término, a ambos lados del cesto de alcatraces. Estas figuras están mirando de frente al espectador haciéndole partícipe de la escena, algo muy común en la pintura barroca, y que artistas como Diego Rivera o Salvador Dalí continúan utilizando, pero en el caso de La vendedora de flores, tales figuras aparecen semiocultas entre los lirios de agua y en una zona en penumbra, transmitiendo cierta inquietud y misterio, y cuyo significado bien podría traducirse en una llamada de atención ante los peligros que pueden acechar a la pureza e inocencia.

Diego Rivera elige para sus pinturas personajes de la sociedad de su tiempo, especialmente aquellos pertenecientes a las clases populares campesinas y trabajadoras a las que quiere dar protagonismo, y la forma de representarlos generalmente será muy simple o naif.

En el caso de la pintura que estamos comentando, su autor quiere destacar en todos ellos que pertenecen a una etnia común a través de signos que les son propios, como el color del cabello, de la piel y el tipo de peinado. Los rasgos faciales son sencillos y a la vez muy marcados, lo que permite concentrar todo el interés en la expresión. En algún caso la dureza de estos rasgos faciales se ve disminuida por algún elemento más amable, como ocurre con la vendedora, que deja entrever una ligera sonrisa que le aproxima un poco a la caricatura.

Como ya hemos visto antes, las vestimentas de los personajes contribuyen a expresar ese sentido naif por una parte, pero por otra muestran líneas muy marcadas, sobre todo en los pliegues, que reflejan dureza en consonancia con los rostros de las figuras. La indumentaria de formas tubulares que vemos en la vendedora o el niño contrasta con la de las dos niñas situadas a ambos lados, de aspecto rígido y acartonado, casi pétreo, que nos remite a las esculturas románicas o del primer estilo gótico.

Los tallos verdes, gruesos y fuertes de los alcatraces, que otorgan a la composición pesadez, los podemos relacionar con las formas tubulares de algunos vidrios mosaico romanos del siglo I d. C.

Al analizar el expresionismo casi esquemático de muchas de las figuras que aparecen en las pinturas de Diego Rivera, no podemos obviar el gusto del pintor por el primitivismo (muy valorado por las primeras vanguardias parisinas), el arte prehispánico mexicano y las escenas populares, a la vez que pone en valor el tratamiento que hace de la representación humana el arte etrusco, paleocristiano y bizantino, mucho de ello aprendido en los viajes que hizo por Europa en su etapa de formación. Debemos destacar Italia porque su estancia allí le serviría para ratificarse, tras la observación de la realidad que le rodeaba, en la idea de que el arte está en la calle, lo cual derivará en una pintura coral, de carácter social y de sello nacionalista.

Esta pintura, al igual que ocurre con La Trinidad de El Greco, no tiene una única lectura. Tras la explosión de vida, abundancia y alegría, subsiste una crítica social basada en la elección de personajes sencillos y las actividades que realizan; y una toma de conciencia de los peligros que nos pueden acechar y de los que tenemos que estar siempre vigilantes: los seres semiocultos y oscuros que nos observan en La vendedora de flores.

Con este artículo intento mostrar, a través del estudio de dos obras de pintores universales, cómo en muchas ocasiones lo que observamos a primera vista admite otras interpretaciones, otras lecturas, lo cual nos tendría que hacer reflexionar sobre el concepto de espíritu crítico y estar abiertos a admitir otras opiniones motivadas.

Por otra parte, el amor, que constituye uno de los grandes temas universales en su sentido más amplio, encuentra sitio en las situaciones más terribles y desesperadas, es decir, actúa de bálsamo frente al dolor del alma.


Eduardo Alonso Cereza

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