La lavadora. No voy a negar que sea un gran invento, pero hay cosas que no puedo controlar. Y eso me desespera.

¿Está lo suficientemente llena como para ponerla ya? ¿O puedo añadir alguna prenda más? ¿Esa camiseta gris es lo suficientemente oscura para ponerla con la ropa de color? ¿O tengo que juntar más ropa clara?

Al final decidí, no sin dudar, que era el momento preciso de encender el maldito electrodoméstico. Parecía que todo funcionaba bien hasta que empezó a hacer un ruido extraño. No sabía si apagarla o dejar que continuase. Tras unos segundos de meditación y un ruido que cada vez era más fuerte, no tuve más remedio que pararla. Saqué la ropa empapada. Miré detenidamente cada prenda y también dentro del tambor, pero no vi nada extraño. ¿Qué habría pasado? El karma.

Habían pasado ya unos días desde que empecé a elaborar mi lista con todos los vigilantes a los que había perjudicado por haberles denegado los permisos. La lista avanzaba, sí. En cambio, todavía no había hecho ningún esfuerzo por solucionar nada. El karma me lo estaba diciendo: era el momento de ponerse a trabajar de verdad.


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Capítulo 1: ¿Por dónde empezar?

Tenía la lista ante mí. Repasaba mentalmente los nombres que aparecían y ninguno me motivaba lo suficiente como para que fuera el primero. Quitando los que eran unos cantamañanas y a los que no había denegado muchos permisos, la lista se iba reduciendo. Finalmente pensé que Arturo sería una buena opción para comenzar.

Sería ridículo acercarme una mañana hasta la sala donde estuviese Arturo y decirle: “Oye, Arturo, sé que te he denegado muchos permisos, ¿qué puedo hacer para compensarte?”. Pensaría que era una broma y la situación sería incómoda. Habría que hacer una investigación previa y ver qué puedo hacer antes de comentarle nada. 

He de reconocer que tengo el oído bien desarrollado gracias a las veces que intento escuchar lo que dicen los vigilantes mientras esperan para entrar en portería. Con esa habilidad y varias preguntas bien disimuladas, averigüé que Arturo era oriundo de Baltanás, un pequeño pueblo de la provincia de Palencia. Pude comprobar que tenía la costumbre de pedir los permisos en bloque y, al parecer, lo hacía con la intención de volver a su tierra natal.

Lo admito: no puedo viajar en el tiempo. A partir de ahora tendría la consideración de no denegarle un permiso en medio del bloque, pero tenía que resarcir a Arturo con algo que no esperase. Total, que en un ataque de locura me planté en Baltanás.

Un maldito pueblo con cuatro calles. Mirando los buzones de las casas localicé fácilmente la de Arturo. Desde fuera, la casa parecía bastante anticuada, como el resto del pueblo. Lo mejor que podía hacer era reformar la casa a Arturo. No sería precisamente barato, pero seguro que así me ganaría su perdón.

Fui a la casa del vecino con la intención de que me diese más información sobre Arturo y para tantear cómo podría acceder a la vivienda para reformarla. Al hombre no le agradó mi visita; conocía a Arturo de vista pero no sabía mucho más sobre él. Le di las gracias por su colaboración, y me puse a reflexionar. Si el vecino no conocía al pobre Arturo, ¿quién en Baltanás podría facilitarme alguna información relevante? El señor alcalde.

Pregunté a un lugareño por el ayuntamiento y en dos minutos llegué a la puerta. Antes de entrar no sabía qué iba a decir o hacer, pero el karma me tenía guardada una pequeña sorpresa. Crucé el pequeño vestíbulo y me dirigí al mostrador de la secretaria. Tras un rápido vistazo, vi que detrás de ella había un armario donde ponía “llaves de los vecinos”. Tenía que conseguir que me diera la llave de la casa y así empezar con la reforma. Puse mi mejor sonrisa, le enseñé sutilmente la identificación del Museo y le pregunté si podría hablar con el alcalde por un tema muy urgente. Ella contestó que ese día el alcalde no había podido asistir porque se sentía indispuesto, aunque un buen amigo le había dicho que estaba “hidratándose” en el bar del pueblo. Sin embargo, ella podría ayudarme. Le dije que trabajaba en el CSIC y necesitaba algunas llaves de los vecinos porque estábamos investigando una plaga de garrapatas en los alrededores. Ella, realmente preocupada, accedió rápidamente a mis pretensiones y me dio las llaves que tenía de los vecinos de la calle de Arturo. Le pedí discreción porque el asunto todavía no era grave y me despedí con cara compungida.

Después de varios empujones a la puerta, pude acceder a la vivienda y comprobé que la fachada no le hacía justicia al interior de la casa: estaba aún peor de lo que me imaginaba. Era como si la casa de Cuéntame cómo pasó hubiese sufrido un terremoto. Contra mi instinto de supervivencia, regresé a la casa del vecino y le pregunté si conocía a alguien que pudiese hacer una reforma en una casa. Me dijo que tres casas más arriba vivía Fidel, un albañil jubilado que se alegraría mucho de poder ayudarme. Y hasta allí me encaminé.

Llamé al timbre y me encontré con otra cara de pocos amigos. Le confié a Fidel que era amigo de Arturo y que quería hacerle un buen regalo por su cumpleaños. Me miró con escepticismo, pero con la perspicacia de quien intuye un negocio rentable. Regresamos a la casa de Arturo y le pedí que me hiciera un presupuesto para que la casa quedase mínimamente decente. Deambuló de aquí para allá haciendo ruidos extraños, midiendo las distancias en zancadas y palmos y, tras unos instantes de reflexión, me dijo que por 10 000 euros la casa quedaría pasable. Aunque me parecía mucho dinero, si dividía la cantidad entre los permisos que había denegado a Arturo, no salía tan caro. Decidí darle un adelanto para que se pusiese manos a la obra cuanto antes y le prometí un jugoso extra si lo hacía rápido y bien. Finalmente, nos intercambiamos los teléfonos y le conminé a que me tuviera informado de los progresos.

Tras varias semanas de llamadas, reproches y alguna que otra amenaza velada, volví a Baltanás. La casa había mejorado mucho y sólo faltaban algunos detalles que en pocos días estarían arreglados. Tras ver que parecía satisfecho con el resultado, Fidel se puso serio y me comentó que los precios de los materiales se habían disparado por culpa de la inflación respecto a lo que había estimado. Acepté a regañadientes pagarle los 2000 euros que me pidió y el extra prometido. Tampoco era cuestión de granjearme una nueva enemistad, y mucho menos al pobre Arturo.

Aun estando la obra ya finalizada, tardé unos días en reunir el valor para contarle a Arturo el pequeño regalo que le tenía preparado. Aproveché que estaba solo en el despacho y le dije que pasase por portería para comentar un asunto sobre las vacaciones:

—Hola, Arturo, no te he hecho venir por nada relacionado con las vacaciones —le dije con cara circunspecta.

—Ah, ¿no? Entonces… 

—Sé que en los últimos tiempos te he denegado muchos permisos y quiero recompensarte de algún modo. —Saqué de un cajón las llaves de su “nueva” casa y se las enseñé—. He ido a Baltanás, vi que tu casa necesitaba una reforma y me he tomado la licencia. No hace falta que me des las gracias.

—¿Que has hecho qué? —dijo Arturo incrédulo.

—Cualquiera diría que no te hace ilusión.

Arturo miró las llaves confuso, hizo un amago de cogerlas y me confesó:

—Verás, yo iba al pueblo cuando podía a ver a mi Sagrario. Le prometí que aunque estuviese trabajando en Madrid podríamos seguir viéndonos por los permisos que me darían. Pero todo se torció y Sagrario me dejó —dijo resignado.

—¿Y sólo porque no te daba los permisos?

—Sí, porque creía que le estaba mintiendo. Pensaba que me había acostumbrado a la vida disoluta de la capital y que no tenía intención de volver a Baltanás.

—Vaya por Dios… De todas formas ha quedado muy bien. Si quieres puedo hablar con Sagrario e intentar arreglar lo vuestro.

—Pero hay un pequeño problema…

—¿Cuál?

—Está con otro.

—No te preocupes, Arturo: todo tiene solución menos la muerte.

Me dio la sensación de que Arturo ya estaba resignado a perder a su Sagrario, pero yo no. Si por mi culpa se había separado una pareja, no me quedaba otro remedio que solucionarlo. O intentarlo al menos. ¿Qué podría hacer? ¿Ir a visitar a Sagrario para convencerla de que dejase a su nuevo novio y volviera con Arturo? ¿O todos estarían abiertos al poliamor y nadie tendría que dejar a nadie? ¿Y no sería más sencillo buscarle una nueva novia a Arturo?

Arreglar una casa había sido simple a la par que caro. Espero que las cosas del amor no me cuesten mucho más dinero. Intento cambiar. Intento ser mejor portero. Intento ser mejor persona. Me llamo Bill.


Continuará...

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