Cuenta una antigua leyenda que un visitante que recorría la cuarta planta creyó que la silla de un vigilante era una obra de arte. La confusión se debió a que en el lugar donde debería estar sentado el vigilante había una mochila con el logotipo del Museo. Una metáfora de lo que sería la transformación de un vigilante estático en una mochila sin vida. Tan impactado quedó el visitante que no dudó en sacar el móvil y hacer varias fotografías para dejar documentada aquella maravilla del ingenio. La vigilante que se encontraba en la sala se percató de la equivocación del caballero y se acercó con la agilidad y seguridad propias de una bailarina para explicarle la situación. En un perfecto inglés con acento de Cambridge, le aclaró que en realidad no se trataba de una pieza de la exhibición; simplemente era una silla para que descansara el personal de la sala y la mochila corporativa le pertenecía a ella. El hombre, que iba acompañado de su familia, comprendió su fallo y no pudo evitar reírse de su error. Sin embargo, la escasa importancia de la historia se disipó rápidamente al observar que justo enfrente había otra silla. Esta, ya sí, una obra de arte.


Nothing Under a Chair (1999), Ángela De la Cruz. Fuente: Museo Reina Sofía


A su vez, otro mito que circula por los pasillos del Museo habla de sillas que no permanecen tan quietas como se supone y de un hombre que se dio cuenta de algo que pasaba inadvertido para el resto. Él era un prohombre analítico y meticuloso, una persona que se fijaba en cualquier detalle por insignificante que fuera. Capaz de encontrar todos los cambios con sólo un vistazo, creyó enloquecer cuando de un día para otro se percató de que las sillas aparecían cada mañana en una posición distinta con respecto a la noche anterior. Una vez superado el shock inicial, decidió ponerse a investigar tan insólito caso. Tras realizar interrogatorios disfrazados de curiosidad a cuantos le rodeaban, tras analizar todas las grabaciones de las cámaras de seguridad y tras muchas cavilaciones y noches sin dormir, llegó a la conclusión de que las sillas querían huir del Museo.

Al parecer, las sillas habían cobrado vida y, exhaustas de cumplir con su ingrata labor al aguantar a tantos visitantes molestos que hacían un uso indebido de ellas, habían decidido abandonar el Museo y buscar un nuevo destino. Aunque tenían cuatro patas cada una, la rigidez de las mismas sólo les permitía avanzar unos escasos centímetros cada noche. Aun así, nuestro héroe no deseaba que este siniestro descubrimiento saliese a la opinión pública: ya era demasiado que el Museo estuviese ubicado en lo que fue un hospital. Para lograrlo, no le quedó más remedio que elaborar un sofisticado plan que hacía indispensable una ignorada colaboración por parte del resto del personal.

Su plan abarcaba varios aspectos que, bien coordinados entre sí, impedirían que las sillas alcanzaran su objetivo. En primer lugar, su colocación. Todas las sillas tendrían un sitio asignado del que bajo ninguna circunstancia deberían moverse. En segundo lugar, la disposición de las salas. Las obras de arte se distribuirían de forma que supusieran un obstáculo insalvable para las insurrectas sillas. Para ello, colocó biombos y caminos sin escapatoria que harían fracasar cualquier intento de fuga. Y por último, y más importante, la “colaboración” de los vigilantes. Se tenía que hacer saber a todos que la ubicación de las sillas se debía a criterios museográficos serios y bien estudiados. Para que los desconfiados trabajadores cumpliesen con su obligación, decidió pasearse varias veces por semana por las salas y comprobar in situ que sus directrices se cumplían a rajatabla. Sin excepciones. Así, con su presencia y algún comentario sarcástico pero tajante, haría que todos los vigilantes comprobasen de forma concienzuda que cada silla no se había desplazado de su lugar exacto.

Se suele decir que el mejor espía es aquel cuya existencia se conoce, pero se ignora por completo su identidad. Aunque la discreción no sea quizá la mayor virtud de nuestro valiente superhombre y tal vez pueda ser reconocido a kilómetros de distancia, sólo un diminuto grupo de estrechos colaboradores conoce el maleficio que rodea a las sillas del Museo. Y con esa jugada maestra, sin levantar sospechas de nadie, ha conseguido que todos —incluso nuestro amable visitante— hayamos modificado nuestra percepción sobre las sillas: han dejado de ser elementos para sentarse; se han convertido en verdaderas obras de arte.


Clyde Wilde

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