Me llamo Bill: Capítulo 1 (2ª parte)
La última vez que fui a Baltanás decidí que no volvería a pisar aquel maldito pueblo. Pero los designios del karma son impredecibles y, lo que era una firme voluntad antes de conocer la historia de Arturo, se transformó en un recurrente cargo de conciencia. Por más vueltas que le daba a la cabeza, no veía forma de eludir la responsabilidad. Si por mi culpa se habían separado Sagrario y Arturo, no me quedaba más remedio que regresar a Baltanás. Y así lo hice.
¿Pero qué diantres podía hacer por Arturo? ¿Arrodillarme ante Sagrario para pedirle que volviera con él? ¿O conseguir que le perdonara con otra reforma? ¿Acaso me creería si le contara que yo era el culpable de que Arturo no regresase? Muchas dudas y muy poca información.
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Aunque nunca consideraré a Fidel un amigo, los 12 000 euros y la bonificación que le pagué no hace mucho bien merecían que me echase una mano. Llamé a su puerta y me recibió con la misma cara de pocos amigos que la primera vez. Le expliqué brevemente la situación de Arturo y le pregunté si podía contarme algo sobre Sagrario. Me dijo que conocía a Sagrario desde hace muchos años, pero que, en los últimos meses, no la había visto. Le inquirí sobre la posibilidad de que Sagrario estuviese con alguien que no fuese Arturo, y lo consideró poco probable, porque en el pueblo estas cosas se acaban sabiendo. A estas alturas, ¿qué no sabrían los pueblerinos sobre mí o qué no se habrían inventado? Le pregunté por la dirección de Sagrario y me despedí amablemente de él.
Alcancé rápidamente la calle donde vivía Sagrario y no me quedó más remedio que llamar a la puerta:
—Hola, mi nombre es Bill —dije intentando parecer seguro.
—Le conozco de sobra —dijo ella con voz de resignación—. Usted es el imbécil que se ha recorrido medio pueblo para reformar la casa de ese desgraciado.
—Vaya, pues parece que me conoce bien. Sí, ese soy yo. Verá, quería hacerle un favor al pobre Arturo y…
—De pobre, nada. Querrá decir sinvergüenza —dijo indignada.
—Tampoco es eso —dije con voz serena—. Como le iba diciendo, soy el jefe de Arturo en el museo donde trabaja. Dado que tenemos un grave problema de presupuesto, pagamos a los trabajadores en días libres. Permisos lo llamamos allí. El caso es que tampoco es que nos sobren los trabajadores, así que, por desgracia para todos, no podemos dar a todos los vigilantes los permisos que nos piden.
—¿Ah, no? —dijo irónicamente—. Y supongo que por eso el pobrecito de Arturo no podía venir a ver a su novia. Ni cumpleaños, ni aniversarios, ni la fiesta de la Revilla. Nada, absolutamente nada.
—Supongo que sería por eso. Yo le aseguro que él ha pedido muchos permisos y, como a tantos otros, se los denegábamos por falta de personal.
—¿Usted se cree que yo nací ayer? —dijo visiblemente molesta—. Usted es un embustero que viene aquí a hacer lo que ese fulano no ha tenido el valor de hacer. Y por eso mismo lo dejé, porque no tenía el valor de decirme que no quería volver al pueblo.
—Ahí te equivocas. ¿No hubo acaso un tiempo en el que Arturo sí que venía al pueblo, pero, de la noche a la mañana, todo se torció?
—Quizá el que se equivoca sea usted. Arturo no tenía nada ni nadie en Madrid. Vino varias veces a recoger cosas que necesitaba para su nueva vida. Y cuando ya lo tuvo todo preparado… —Paró para restañarse una lágrima.
—Y cuando ya tenía todo listo aparecí yo —dije con sorna para completar la frase—. Arturo no te ha mentido sobre los permisos. Yo los denegaba de forma casi automática: no había personal, no había dinero… No había otra forma de abrir el Museo. Estamos hablando de un Museo Nacional…
—No, si al final me vas a convencer —dijo más relajada—. Pero ¿qué hizo cuando le confesé que tenía un nuevo novio? —preguntó irónicamente—. Te lo diré yo: nada. Ni se enfadó, ni gritó, ni nada. Parecía que le estaba quitando un muerto de la conciencia. Como no tenía agallas para hacerlo él, le hice el favor de su vida. Seguro que montaría una fiesta.
—¿Una fiesta? —dije con retranca—. No creo, Arturo es un tipo tranquilo. Y será por eso por lo que no se enfadó cuando le dejaste por otro. Se pondría triste.
—Tristísimo —añadió con sarcasmo.
—Sagrario, no consigo entenderlo. ¿Por qué le dejaste? ¿Simplemente porque no venía? ¿O quizá porque se fue a trabajar a Madrid?
—Sólo porque veo que no me quiere —dijo resignada—. Si de verdad me quisiera, habría vuelto corriendo cuando le dije que tenía un nuevo novio, habría preguntado por quién le había dejado. Y no hizo nada de eso. Simplemente, se olvidó de mí, de nosotros, del futuro.
—¿Y no puede ser que se sintiese tan dolido por tu confesión que no supo cómo reaccionar?
—Precisamente por eso, porque no era una confesión: era una trampa.
—¿Una trampa? —No pude más que repetir sorprendido.
—Sí. El nuevo novio era imaginario. Quería ver qué pasaría si le decía eso. Y al final todo se ha ido al garete.
—Algo me imaginaba, ya se sabe que en los pueblos…
—... todo se sabe —dijo finalizando la frase por mí.
—Eso mismo iba a decir —dije esbozando una sonrisa—. Pero ten en cuenta que no has sido justa con Arturo, le has puesto un desafío donde habéis perdido los dos. ¿No se merece otra oportunidad?
—Supongo que sí. Y me fastidia reconocerlo.
—Sagrario, no sufras: en esta vida todo tiene solución menos la muerte. Seguro que podemos hacer algo.
Aunque para nada tenía el deseo de regresar a Baltanás, me despedí de ella con la promesa de que volvería en poco tiempo. No veía otra forma de conseguir que la pareja se reconciliase, pero primero había que poner en marcha un plan. Y en estos casos una velada romántica es infalible.
Llamé a Fidel para que recomendase un buen restaurante en el pueblo y me habló de La Despensa del Cerrato. Contacté con ellos para hacer una reserva para dos para el viernes siguiente y les rogué que no escatimasen en nada, que mi aniversario de bodas lo merecía.
Y ya sólo faltaba la vuelta del hijo pródigo.
—Buenos días —dijo Arturo cuando entró en mi despacho.
—Hola, Arturo, ¿has ido al pueblo? ¿Has visto la reforma? —dije nervioso.
—Pues todavía no. He pensado en ir varias veces, pero no he sacado fuerzas. Tengo ganas de ver la reforma, pero no quiero ver a nadie.
—Entiendo que debe de ser duro. Pero mejor para mí —dije con franqueza—. Verás, me he gastado mucho dinero en la reforma. Pero tranquilo, que no es un reproche. El caso es que no me vendría mal justificarlo como una donación y así me ahorraría un buen dineral en impuestos. Y para eso necesito que me eches una mano.
—Tú me dirás —dijo Arturo poco convencido.
—Necesito que vayamos a Baltanás con un notario y que lleves las escrituras de la casa. No te preocupes, que el notario lo pago yo.
—Bueno, si es solo eso…
—Además, así podrás ver la reforma, que la casa ha quedado como nueva.
—Sí, porque lo he ido postergando demasiado.
—Bien, sólo queda una cosa: he quedado con el notario el viernes que viene, así que pide como permiso el viernes y el sábado para que no haya problemas.
—Ahora mismo lo hago.
La triquiñuela del notario había salido bien, pero quedaba lo más importante: convencer a Sagrario de que fuera el viernes al restaurante.
Le dije a Arturo que el notario llegaría al pueblo el viernes por la mañana, por lo que tuvimos que irnos el jueves por la tarde. No puso ningún pero a la reforma y, además, tuvo el detalle de dejarme el sofá para pasar la noche. Porque dormir fue imposible entre lo incómodo del sofá y el cante jondo proveniente de la habitación. Ya despiertos, fingí que recibía una llamada del notario y le dije que tendríamos que esperar hasta mañana porque la suegra del notario había enfermado. Era absurdo irnos para volver al día siguiente, así que dejé que Arturo se fuera familiarizando con la casa y me fui a conocer la España vaciada. Como si no conociera ya el pueblo.
Caminé hacia La Despensa para confirmar la reserva que tenía esa noche y recordarles que un aniversario de bodas bien merece algo de nivel. Aunque al dueño no le hizo mucha gracia el recordatorio, me prometió que mi señora y yo tendríamos una cena inolvidable.
Ya sólo faltaba asegurarme de que Sagrario acudiese al restaurante. Me encaminé a su casa.
—Buenas tardes, Sagrario. ¡Qué alegría verte de nuevo! —dije intentando ser lo más simpático posible.
—Una pena que no pueda decir lo mismo. ¿A qué ha venido?
—Bueno, por lo menos esta vez no me has insultado. Eso es un punto a mi favor.
—¿Me puede decir a qué debo su presencia, caballero? —dijo fingiendo diplomacia.
—Verás, he venido al pueblo porque alguien se ha enterado de alguna mentirijilla que dije la primera vez que vine y para no tener problemas legales me han aconsejado que me disculpe con varias personas.
—Sí, algo escuché sobre unas garrapatas… pero ¿acaso me tienes que pedir perdón?
—No, no es eso. A ti no te he mentido; el caso es que tengo que esperar hasta mañana para poder irme y he pensado en que podríamos quedar para cenar esta noche. Pero como amigos.
—¿Amigos tú y yo? ¿Desde cuándo?
—Pues desde esta noche, por supuesto. Tampoco es necesario que nos contemos toda la vida, pero seguro que nos ayuda a distraernos un rato.
—¿Y no hay ninguna otra persona que quiera acompañarte? —dijo con retintín.
—Hombre, entre Fidel y tú, por lo que sea, te elijo a ti.
—Supongo que me debo tomar eso como un cumplido.
—Entonces, ¿qué? ¿Me acompañarás esta noche a La Despensa del Cerrato?
—No tengo nada mejor que hacer… Además, una cena gratis es una buena recompensa por todas las molestias.
—Estupendo, porque ya había reservado. Nos vemos a las nueve en el restaurante.
Cuando regresé a la casa de Arturo, hice valer mi condición de jefe y le dije que no podía pasarse todo el día encerrado en casa. Aunque intentó oponer resistencia, la promesa de una cena gratis en La Despensa le hizo cambiar de idea.
Salimos pronto de casa para llegar antes que Sagrario. Al llegar al restaurante, el dueño se llevó una sorpresa al verme aparecer con Arturo, pero mantuvo las formas. Arturo se sorprendió por lo bien decorada que estaba la mesa y le comenté que mi última noche en Baltanás bien lo merecía. Fingí la llamada de rigor, en esta ocasión de mi mujer, y salí a la puerta a esperar a Sagrario.
La vi aparecer por la esquina cinco minutos antes de las nueve, nos saludamos y le abrí la puerta para que pasase delante de mí. Cuando vio en la mesa a Arturo, giró la cabeza buscando la salida, pero, como yo me interponía entre ella y la puerta, no se atrevió a retroceder. Le pedí una silla al camarero y nos sentamos los tres a la mesa.
—Desde luego, Bill, no me esperaba esta jugarreta por tu parte —dijo Sagrario indignada.
—Ni yo —dijo Arturo alicaído.
—Pensaba que íbamos a cenar tú y yo solos y me encuentro a este… —continuó Sagrario.
—Chicos, os pido por favor que no digáis nada de lo que os podáis arrepentir —intenté mediar—. Si he organizado esto es por una buena causa.
—Estupendo —dijo Sagrario—. ¿Quieres demostrar que Arturo no es un cobarde? ¿O que va a regresar al pueblo?
—Quizá puedes presentarme a tu nuevo novio —dijo Arturo desafiando a Sagrario.
—Chicos, hay muchas cosas que todavía no sabéis, y quiero que esta noche se aclare todo. En primer lugar —dije mirándola a ella—, Sagrario, como ya te dije, Arturo estuvo sin venir tanto tiempo al pueblo porque no le podíamos dar los permisos. Créeme que los pidió, pero no había forma de concedérselos. ¿O estoy mintiendo?
—Es así —dijo Arturo dándome la razón.
—Bien, en segundo lugar, Sagrario, creo que tienes que confesar algo.
—Sí, Arturo —dijo bajando la mirada—: el nuevo novio por el que te dejé no existe.
—¿¡Cómo!? —respondió Arturo.
—Como lo oyes, me lo inventé para ver cómo reaccionabas. Pensaba que volverías al pueblo para buscarme y, en cambio, no hiciste nada.
—¿Qué iba a hacer? —dijo Arturo visiblemente molesto—. ¿Volver para convertirme en el cornudo del pueblo?
—Y créeme que lo siento. No pensaba que todo fuera a salir tan mal.
—Chicos, aprovechando que ya habéis empezado a sinceraros, pienso que ha llegado el momento de irme. Os dejo un poquito de intimidad. Ah, y no os olvidéis de que la cuenta corre de mi parte. Disfrutad.
El lunes siguiente, coincidí con Arturo en la entrada y me dirigió una mirada de felicidad plena. Cuando llegué al despacho, puse la lista con los nombres de los vigilantes sobre la mesa, eché un rápido vistazo y localicé el de Arturo. Después de una reforma, una cena romántica y varios viajes a Baltanás, era el momento de cerrar el capítulo. Saqué del cajón un bolígrafo rojo y taché su nombre. El primero de muchos.
Estoy cambiando. Intento ser mejor portero. Intento ser mejor persona. Me llamo Bill.
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