La sala y yo: Tiempo de abrazar (en un museo)
Voy a contar una historia sobre los abrazos, y para empezar, el título de este modesto artículo es un homenaje a la novela homónima de mi admirado Juan Carlos Onetti.
Así que, de la literatura de Onetti, me sumergiré ahora en las abarrotadas salas de cualquier museo madrileño, para narrar historias de abrazos, de personas reales y, concretamente, de abrazos protagonizados por un servidor con diferentes personas (que no personajes).
Se ha hecho mucho hincapié desde los discursos institucionales de estos últimos años en el hecho de definir el museo como un espacio de encuentro con el arte, pero entendido también con el otro, con el artista, con otras personas implicadas en el significado de la obra de arte, con diferentes espacios, diálogos, culturas, tiempos o discursos…
Pero como siempre, nadie nos consulta a nosotros, los curritos de sala. Y para mí, estos veinte años de mi vida chupando sala, también han supuesto un espacio de encuentro, desde luego. Y de otras muchas cosas. Pero también de encuentros, y de abrazos.
Un sábado a mediodía, hace poco, estaba yo en mi abarrotada sala y se me acercó un adolescente a preguntar por la escultura de El abrazo, de Genovés. Le pregunté si se interesaba por la escultura o por el cuadro que da nombre a la escultura. Él insistió en que preguntaba por la escultura, así que le mandé a la salida del metro de Antón Martín con viento fresco.
| El abrazo (2003), Juan Genovés. Fuente: Wikipedia |
La pregunta me hizo pensar, sin embargo, en todo esto de los abrazos, y recordar… y me di cuenta de que el tema daba para un rato.
La primera vez que le di un abrazo a alguien en una sala fue a un señor japonés. Fue allá por 2006. Estábamos ante una crucifixión de Anton van Dyck, y el visitante me preguntó en inglés macarrónico por el significado de la inscripción I.N.R.I.
Tras unos minutos batallando con las dificultades idiomáticas, creo que logré que entendiese mi respuesta, porque se le iluminó el rostro con una sonrisa y lo siguiente que recuerdo fue un sentido abrazo que indudablemente selló nuestro pacto particular por la comunicación entre oriente-occidente.
| Cristo en la cruz (1627), Anton van Dyck. Fuente: Museo Thyssen-Bornemisza |
Unos años más tarde, y no lejos de la sala donde sucedió este primer abrazo, me encontré con otro panorama. Un visitante de gran estatura y proporciones, vestido con un peto vaquero y adornada su cabeza con una descuidada barba castaña y una melena que hacía tiempo no cortaba ni peinaba, permanecía de pie observando como en estado de hipnosis el Cristo resucitado de Bramantino. Es cierto que el lienzo posee un gran efectismo, y probablemente le produjo la sensación que el pintor buscaba, porque me percaté de que dos lagrimones rodaban mejillas abajo del grandullón, que cuando me fijé mejor, vi que en realidad era un chaval muy joven.
—Are you OK? —le pregunté, sin saber muy bien cómo reaccionaría.
—He is alive! —respondió él con un hipo.
Ahí ya comprendí que el muchacho era norteamericano y que vaya usted a saber qué impresión le estaba produciendo tanto cuadro religioso junto.
—Come on, it's all right —le dije, y vuelta a abrazar, con palmaditas extra en la espalda.
—Que vaya bien la mañana, hermano —me dijo otro sábado una visitante mientras patrullaba por las salas 205.8 y 9.
Eso espero, pensé yo.
| Cristo resucitado (h. 1490), Bramantino. Fuente: Museo Thyssen-Bornemisza |
Estando en sala, de todas formas, a quien más abrazas es a tus compañeros de fatigas.
De algún modo hay que sobrellevar la precariedad laboral, el salario mínimo, las horas de pie, los disgustos con el museo de turno, las grandes y pequeñas tragedias personales, los roces con el público (que normalmente más que abrazos, necesitarían algo más contundente) y también, por supuesto, celebrar las alegrías cuando vienen.
Hay abrazos cotidianos, del día a día, como los de ese compañero que viene eufórico porque por fin ha ganado su equipo, o el de esa compañera que te felicita por tu cumpleaños, o que se alegra de verte tras varios días librando o simplemente porque: "¿Vas a estar en la sala de al lado? Gracias a Dios".
También cuando alguien se marcha porque ha encontrado un trabajo mejor, o por fin ha aprobado su oposición. Son menos frecuentes las victorias en el terreno de las mejoras de las condiciones laborales, pero cuando vienen, también valen su abrazo, por supuesto.
Y luego están los momentos tristes, y hay que estar ahí también. Hay que estar por ese chaval que le ha dejado la novia, por ese familiar que ya no está con nosotros, por esa salud que nos ha fallado, por esa persona a quien están tratando injustamente o por esa jefa de planta que no puede ya más con la vida.
Por cierto, y hablando de jerarquías, puedo afirmar que los abrazos pueden circular libremente entre ellas, y que no son obstáculo para que se produzcan. Por eso, desde aquí muchas gracias a los jefes y jefas que saben darte un abrazo sincero cuando la ocasión lo requiere y que saben que todos somos personas independientemente de nuestra estatura, color de pelo, género, extracción social o nivel cultural. Como dicen la Constitución y los Tratados Internacionales…
Volviendo a Tiempo de abrazar, fue la primera novela que escribió Juan Carlos Onetti, allá por la década de los 30 del siglo pasado. Sin embargo, no se publicó hasta 40 años después. El manuscrito quedó olvidado en un cajón, en parte por las dificultades de publicación que encontró el autor, en parte por su propia inseguridad de escritor novel. Tuvieron que pasar dos guerras mundiales y multitud de otras catástrofes hasta que vio la luz.
Vivimos hoy tiempos complicados e inciertos, por lo que yo, mientras me dejen, voy a seguir abrazando. Abrazaré el arte, la cultura, la música, la libertad, la justicia y a todo aquel que se deje, visitante, compañero, jefe, persona. Abrazad, abrazad, malditos; de otra forma, estaremos perdidos.
Billy Pilgrim
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